Pasión de raíz

Pasión de raíz

Continuamos difundiendo a escritoras de Misiones, miembros de SADEM Joven.
Te dejamos otro cuento de Valeria Dávalos:
PASIÓN DE RAÍZ
Los besos vistieron, salieron del cuarto, las manos se enlazaron en la vereda. La niebla humedeció la pintura del pórtico, almohadones, sábanas y cortinas bajaron las escaleras y recorrieron las calles buscando su anaquel en el hipermercado de la ciudad. Las sillas del comedor transpiraron gotas de barniz y los ventanales de aluminio saltaron a exhibirse en la vereda de don Piris, el carpintero de la esquina. El césped del patio se encogió cuando alzaron juntos la mesa desde cada extremo, y la acomodaron en el fletero con los demás muebles. Entraron al auto y se reconciliaron para volver a discutir, él encendió el motor y condujo hasta el departamento donde estacionó para dejarla.
Fue a su farmacia, colgó la bata y se vistió para la cena. Brindaron con los padres por la alianza guardada en la cajita de gamuza custodiada por las manos del novio.
Jugaba con la cuchara en el comedor de la facultad deseando prosperidad económica, amor no y él se sentó enfrente. Desesperado por cazar con el tenedor el trozo de pollo aceitado de la ensalada de zanahoria que sirvieron. Cuando tomó la servilleta, la miró y dejó de masticar, tragó forzado percatándose de la belleza trigueña indecisa de su menú. Hizo un comentario respecto a su nerviosismo por los parciales y se rio, guardó la servilleta usada en el bolsillo de su bata. Ella asintió y saludó, era su último día de clases, pretendía abandonar la posada que compartía con su compañera en el campus universitario, y mudarse al centro para trabajar a tiempo completo sin contarle a su padre.
Ella se sentó en su escritorio, la suculenta, la agenda y los cuadros dieron paso a los mapas y láminas amarillas. Pintó, leyó, bailó y escribió tanto que sus cabellos se dividieron en dos trenzas y abrazaron su cintura. Las máculas de sol en su rostro se convirtieron en cicatrices de acné, su biblioteca rebosó de libros viejos y aparecieron sus lentes de marco violeta al lado del lienzo.
Él pedaleaba impulsándose hacia adelante para alcanzar a su amigo que iba ganándole. El vestido tejido llamó su atención, ella levantó la mano amigable, pesó él. Los ojos preocupados se calaron dentro y descubrió que no era un saludo sino una advertencia para afrontar el accidente que le haría sangrar la nariz, y sufriría segundos después al chocar la bicicleta con una piedra, avergonzado por los raspones, golpes y burlas de sus amigos, no vería atrás, aún escuchaba su grito:
— ¡Cuidado, la piedra! —Fue la primera ayuda que recibió de una niña con quien formaría equipo toda la vida.
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