¿Te conozco de algún lado?

¿Te conozco de algún lado?

En el día del escritor, les dejamos un cuento de Noelia Albrecht, ideal para leer en cuarentena. Disfrutalo:
Ellos:
En tiempos de cuarentena cualquier salida es una aventura, una oportunidad para quitarse el look linyera. Estaba tan contenta de ir a hacer las compras que invertí más tiempo de lo habitual en arreglarme. Planché una camisa, limpié los zapatos, les puse talco para pies y hasta intenté ocultar mis ojeras. Hacía bastante tiempo no le dedicaba un rato a mi cabello y noté que necesitaba teñirlo, cortarlo, en fin, hacer algo por el.
Quería sentirme linda, aunque fuera para ir a comprar alimentos a un local que se encuentra a un par de cuadras de mi casa. No sé si ya lo dedujeron, de acuerdo con mi emoción, pero me encanta salir a caminar y observar la vida ajena. Hay algo de curiosa o chusma, en el buen sentido, que disfruta ver cómo viven los otros. Bajé las escaleras, abrí la puerta y por las dudas me limpié las manos con alcohol en gel. Antes de llegar a la esquina decidí que armaría mi recorrido por las calles internas. Las avenidas no tienen la identidad que se ve reflejada en esas callejuelas torcidas, adoquinadas y, a veces, abandonadas.
Comencé a caminar y algún perro, que no vi, pero escuché, sintió mi presencia y comenzó a ladrar. A él se le sumaron otros y me acompañaron hasta la esquina. Sé que no es un sonido que indique peligro porque los conozco tanto que puedo distinguir los tonos. Supongo que se avisan que, simplemente, alguien anda por la calle. Elegí ir cerca del cordón porque las veredas me parecen muy contiguas a las casas. Lo siento como una invasión, algo así como esos aromas de domingo que odio. Desde el pasto quemado hasta el pollo grasoso.  Lo primero que noté, al llegar a la esquina, fue que alguien había dejado, cerca del canasto de la basura, una reposera de plástico rota.  Era o es, porque ya no cumple con la función que se lo compró, de color negro y estaba desteñida por el sol. El plástico, que alguna vez fue macizo, tiene las patas quebradas y si bien parecería no servir para nada o para nadie, un gato negro de ojos verdes la disfruta como si fuera su cama.
 El barbijo me complica la respiración así que debí caminar lento para que la sensación de asfixia no me desmaye. A mis eternas alergias que me regalan una nariz tapada gran parte del año, debe sumarse mi claustrofobia, por ende, distraerme me ayuda a olvidar esas limitaciones.  A mitad de cuadra advertí que, en la vereda, frente a la casa de madera abandonada, habían dejado una valija. Detuve mi mirada en ese objeto raído por el tiempo hasta que me paré frente a ella. Era hermosa y me imaginé que, hacía mucho tiempo, había guardado las escasas pertenencias que alguien decidió traer hasta este continente. Se notaba el deterioro de los años, sin embargo, no concebía la idea de dejarla en la calle. Supongo que las faltas te hacen acumulador. “El que guarda, siempre tiene” dice mi padre y con esa frase evito el despojo.
En la siguiente calle pasé por una oficina pública y observé al escaso personal dialogando entre ellos. Un par de ciudadanos realizaba sus trámites y el espacio parecía tan grande que, por primera vez, descubrí que la oficina debía ocupar un cuarto de manzana. Solo recordaba un detalle de los escenarios anteriores, no estaba presente el vendedor de chipas que solía esperar en la puerta de ingreso.
  Faltaba una calle y quizás, por ser la que menos transito, fue la que me dio más curiosidad.  Un gomero invadía la vereda con sus ramas por ello tuve que bajar a la calle. Sentí un aroma a madera mojada, pero no pude precisar de dónde venía. Era parecido al perfume que despide el pino cuando se moja. Busqué, con la mirada, algún fragmento de madera, sin encontrar nada.
Crucé hacia la otra vereda, pasé delante de un taller mecánico y luego de unos pasos llegué a mi destino. La mesa que habían colocado en la entrada me alejó de los productos y agradecí la estrategia de supervivencia porque, de esa manera, iba a comprar menos. La pareja de chicos que administra la dietética me dijo que mucha gente había dejado de comprarles porque en tiempos de crisis se come lo que hay.
Pedí lo que necesitaba, lo que recordaba y alguna cosita más que vi en el lugar. Siempre me tiento con algo que nunca probé y los resultados suelen ser desastrosos.  Hongos que me caen mal, jugos que no puedo tragar y con suerte alguna especia que combina bien con arroz blanco.  Me sonrieron y me desearon una buena semana.  Con mis bolsas en mano opté por regresar por la avenida. Los escasos negocios se intercalan con casas de familia que muestran unos hermosos jardines cubiertos de flores y árboles. En uno de ellos descubrí un limonero y pensé que pronto desbordaría de frutas.
 Por la vereda opuesta, vi a un chico caminar rápidamente. Lo noté apurado porque daba pasos largos y empañaba los antejos gruesos con su respiración agitada. Tal vez desconfiaba del cielo gris plomizo y de la humedad pegajosa. Va a llover, supuse. Lo habían dicho en las noticias y lo avisaba mi teléfono. De todos modos, no es tiempo de certezas así que no les creí.
En el semáforo esperaba una chica con su bicicleta. Llevaba un pañuelo atado a su mochila negra y un short de jean que dejaba ver sus piernas largas. La remera tenía las mangas cortadas. Se ató el cabello en una cola de caballo mientras esperaba para cruzar.   El chico de la vereda opuesta no dejaba de observarla. Ella lo notó y entonces los dos se miraron sin vergüenza, sabiéndose correspondidos porque el otro sentía la misma curiosidad por saber quién era, qué hacía de su vida y estaba segura que si el contexto hubiera sido otro, ella o él se hubieran acercado para iniciar una charla. Pienso en un bar, en el cumpleaños de algún amigo en común y en tantos otros espacios donde podrían haber coincidido, pero no, les tocó saber de la existencia ajena en la calle y durante la cuarentena. Es tan difícil encontrar alguien que te deslumbre y les sucedió ahora, justo ahora. Preferí suponer que el tipo era un idiota, un inútil y superficial.
Sin embargo, no dejaron de mirarse mientras él caminaba y ella respiraba enérgicamente para empezar a pedalear. Por un momento se encontraron frente a frente, aunque a metros de distancia. Sé que ella le sonrío bajo el barbijo negro y él le devolvió la sonrisa. Se le achinaron los ojos y brillaron como hacía mucho tiempo no brillaban. La chica dejó de verlo por unos segundos porque debió esquivar un auto. En otro momento, ese cruce de miradas, hubiera bastado para iniciar una charla con alguna frase trillada tipo “¿Te conozco de algún lado?”  Tomarían algo y si ella se olvidaba del tiempo, sabría que ese era el lugar donde debía quedarse. De todos modos, ninguna alternativa se concretaría porque su cuerpo seguía alejándose.
Él giró para observarla hasta que la perdió en el horizonte. Solo tenía un par de indicios y los iba a seguir para que esa mujer no se vaya de su memoria.
Ella quiso volver a verlo, aunque no supo qué excusa inventar para detenerse. Las piernas siguieron pedaleando en forma automática y se apartó de aquel sujeto que la observó como hacía tiempo nadie la veía. Sabía que no lo iba a buscar, pero se sentiría querida y deseada por un hombre que ella no se animó a saludar porque aún persisten prejuicios idiotas. Estaría segura que él no hubiera pensado mal de ella.  Mañana podría volver a pasar por aquella avenida, aunque ¿Cuál era la posibilidad de volver a encontrarlo?
Todo eso me imaginé, solo con ver el cruce de miradas, mientras caminaba a casa y no sentía que el peso de las bolsas me cortaba la circulación de las manos. No sé cómo hice, pero llegué rápidamente a la puerta del edificio. Giré la perilla pensando en ellos y me enojé recordando lo cobardes que habían sido. De igual manera, “El qué hubiera sido de nosotros si lo/a saludaba” les iba a permitir disfrutar de unos pensamientos gratos durante unos días. Subí las escaleras y abrí la puerta. Estaba en casa, triste y sucia.  Después de apoyar las bolsas en el piso recordé que debía limpiarlas con lavandina. Recién me daba cuenta de que había tocado el picaporte. Me lavé las manos con bronca, me las sequé con papel y lo tiré en el cesto. Ahora debía quitarme el barbijo. No sé qué hacer con él, no sé por qué no fui capaz de gritarle: “¡Paren! detengan su vida un segundo”. Yo también soy una cobarde, lo sé, por eso me meto en vidas ajenas para no vivir la mía.
Empieza a llover y pienso en ellos. Espero que hayan llegado a sus destinos. ¿Seguirán pensando en el otro? Busco la esponja que uso para limpiar las bolsas y los objetos. El aroma a lavandina me confirma que mis fosas nasales funcionan. Las gotas golpean en la canaleta con fuerza y hacen un ruido que marca un ritmo constante. Las veo caer en el balcón, forman unos círculos grandes que se chocan entre sí. Van a llegar empapados. Me acuerdo de una canción de Gary Coleman que él solía escuchar y yo necesito escuchar ahora, The sky is crying. ¿Será posible que aquel sujeto, alguna vez, piense en mí gracias a esa canción? Yo lo recuerdo.  Hay sensaciones que no se olvidan y lo peor es que vuelven cuando uno no las espera. No voy a sonreír pensándote, no lo merecés.
Ojalá se encuentren y alguien tome la iniciativa de acercarse. Tenemos demasiados miedos. Les deseo que sean felices, yo voy a degustar el rico sabor de las galletitas mientras observo llover para intentar pensar en otra cosa.

1 Comment

  • Melani
    13/06/2020

    Viajé por esas calles, imaginé esas miradas y quise que los personajes pudieran hablar entre ellos, era simple, sólo un “hola”. Porque siempre es fácil decir por la vida de los otros.
    Encantada con su estilo de escritura, con una importante reflexión en tiempos de aislamiento.

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