Caito goleador

Caito goleador

Continuamos con la difusión de escritores misioneros miembros de SADEM. Hoy te dejamos el cuento “Caíto Goleador” de Erni Vogel de Puerto Rico, Misiones.

El cuento CAITO GOLEADOR obtuvo el 3° Premio en Concurso SADE Rosario, Sta Fe, en 2018. Disfrutalo.
En la canchita de arena Caíto se revolcaba a gusto… Tomaba carrera y patinaba sobre sus pies ensanchados de tanto desconocer zapatillas y aplastar pobreza sobre la tosca y los yuyos del barrio. Hasta un metro y medio se extendió la marca una vez cuando la arena temprana se encaprichó húmeda, amanecida entre lluvias y rocío.
Él estaba seguro de que sus piernas flacas y fibrosas colgaban perfectas para eso bajo su cintura flexible y su cabeza un poco grande, que se agrandaba un poco más con cada burla… A él le gustaban sus orejas pantalludas porque escuchaba clarito quién le decía algo. Como un rayo y tirando arena rabiosa hacia atrás se dirigía al cargoso que escapaba, ante la risa de todos.
Nos alcanzaba en seguida pero todos sabíamos que Caíto era más bueno que tonto y no podía lastimar a nadie. Nos abrazaba al capturarnos y forcejeando carcajadas se dejaba caer al suelo con languidez, acostumbrado a que la arena lo cuidara…
-¡Vamos a jugar, Caíto!- invitábamos, hundiendo nuestros dedos en una pelota desinflada que le mostrábamos. Caíto se sumaba un rato, para deleite de todos sus amigos del barrio que entonces ya no nos burlábamos. Sus pies ensanchados y sucios limpiaban defensores en gambetas inverosímiles, danzando fintas y sombreros, caños y rabonas y su piel se erizaba. No quería meterla en el arco porque no era lo más lindo, lo más lindo era driblear e inventar con la pelota, pintando siempre un cuadro nuevo esquivando piernas y empujones hamacándose sobre su flexible cintura y sus pies endiablados.
Además cuando la metía en el arco sus amigos lo levantábamos entre todos y él empezaba a temblar, a sudar y chillar, mirando abajo como si el precipicio de su más honda locura se abriera en la cancha. -¡Ca-í-to! ¡Ca-í-to! ¡Ca-í-to!…-, vitoreábamos sin adivinar qué pasaba en esa cara que se llenaba de lágrimas de tierra mientras corría hasta la misma piedra de siempre a enojar su convulsionado miedo.
Sus piernas flacas y fibrosas volvían luego una y otra vez al juego obsesivo de patinar más lejos, aunque le ardieran las plantas sucias de los pies, mientras nosotros seguíamos alborotando las áreas en busca de un gol como los de Caíto. Atardecíamos sin conseguirlo para ir desapareciendo poco a poco entre penumbras y amenazantes llamados de nuestras madres, rumbo a un escarmiento, un baño y un bocado sabroso en nuestras casas enfiladas detrás de la canchita de arena, parecidas a la formación de un equipo de fútbol de camisetas un poco descoloridas.
Caíto seguía allí resbalando enceguecidas ilusiones hasta que se fatigaba la arena o hasta que sus pies sucios y demasiado calientes provocaban el alivio de una buena luna o de un buen chubasco, que con el rocío ya no era suficiente… Hasta que sus párpados hacían caer la noche abrigada de bichos y lechuzas y su perro harapiento se le arrimaba para la obediente vigilia.
No existía anochecer sin Caíto ni amanecer sin Caíto en la canchita. Nadie se preguntaba por qué siempre él nos veía llegar a todos y por qué siempre él nos despedía sin saludar a nuestras espaldas indiferentes, cuando se acababa el juego.
Un día no tuvimos más remedio que preguntárnoslo… El perro junto a la piedra, más moribundo que harapiento, y unas pocas y cortas huellas de patinadas descalzas nos decían su nombre pero no su paradero. Ese día también tuvimos que preguntar a los vecinos, a nuestros padres y hermanos, al diariero, al almacenero de más de una cuadra donde teníamos prohibido ir, cruzando esa calle peligrosa.
Al otro día preguntamos de nuevo, luego de enterrar al perro en el área chica, como un tributo a los locos goles de Caíto. Preguntamos al panadero, en las fronteras de la ruidosa ciudad desconfiada donde imaginábamos que solo Caíto se aventuraría a rogar un poco de pan. No obtuvimos respuesta del barrendero, ni del cartero, ni del policía.
No osamos preguntar al funebrero, aunque vivía cerca, para mentirnos por las dudas muchos picados más con nuevas burlas cariñosas y goles irrepetibles…
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