Posadas: la ciudad que quizá empezó mucho antes de 1870
¿Y si la historia que te contaron sobre Posadas no fuera toda la historia? Hay un dato que puede hacer ruido, abrir debate y dejar a más de uno con ganas de preguntar más: el territorio donde hoy está la capital misionera ya tenía una historia viva en 1615, mucho antes de la fecha institucional que suele marcarse como fundación.
Ese origen se remonta a la reducción jesuítica de Itapúa, fundada el 25 de marzo de 1615 como Nuestra Señora de la Anunciación de Encarnación de Itapúa, en la orilla del Paraná, en el lugar que hoy ocupa Posadas. No fue un simple acto administrativo ni una ciudad armada de golpe. Fue una historia de selva, alianzas, resistencia y supervivencia.
El protagonista central fue Roque González de Santa Cruz, quien llegó a la zona con fines misionales y vio en Itapúa un punto clave. Contaba con una licencia oficial del 23 de febrero de 1615, expedida por el teniente gobernador Francisco González de Santa Cruz, en nombre del rey de España. Ese documento es uno de los registros más antiguos sobre una población en el territorio que hoy conocemos como Posadas.
Pero la vida ahí no tenía nada de fácil. Las crónicas cuentan que Roque González levantó una capilla de tacuaras, soportó frío intenso, hambre y privaciones extremas. Tanto, que llegó a comer hierbas silvestres y recibió de los indígenas el apodo de “papagayo”. Para imaginar el nivel de dificultad, alcanza con un dato: durante la Cuaresma de 1616, la comida se redujo a un solo huevo y cardos silvestres.
En esta historia también aparecen los pueblos guaraníes, que no fueron personajes secundarios sino protagonistas absolutos. Los caciques Terapuá, Añapese y Ñamandú forman parte de esa trama. Y algo importante: Itapúa no era el nombre de un cacique, sino del lugar. En guaraní significa “punta de piedra”, una descripción que encaja perfecto con la geografía rocosa de la costa posadeña.
La relación entre jesuitas y guaraníes fue compleja, pero también muy fuerte. Hubo momentos de desconfianza, sí, pero también de defensa común. Un episodio lo muestra con claridad: la cruz levantada por los jesuitas fue defendida por los propios itapuanos cuando grupos hostiles intentaron destruirla.
Otro momento clave ocurrió el 4 de diciembre de 1615, con la visita de Hernando Arias de Saavedra, Hernandarias, gobernador del Río de la Plata. El encuentro fue todo menos aburrido: hubo misa, danzas, arcos de flores, tamboriles y flautones. Hernandarias quedó tan impactado por la paz del lugar que dijo haber oído misa “con tanta paz adonde jamás el español puso el pie”. Después nombró capitanes a los líderes locales y entregó regalos y reconocimientos. El cacique principal, Terapuá, incluso adoptó el nombre de Hernando.
Entre los nombres que casi nunca aparecen en los relatos más conocidos está el de Miguel Dávila o de Ávila, un chico asunceno de apenas 10 años que acompañó a Roque González durante los primeros dos meses de la fundación. Su papel fue enorme. Pescaba, cazaba, buscaba comida en chacras indígenas y ayudaba en la misión. Más adelante, durante la peste de 1619, ya adolescente, actuó como intérprete y sepulturero. En 1652 dejó un testimonio jurado que resulta fundamental para reconstruir aquellos días. Sin su relato, muchas escenas de la vida cotidiana de 1615 habrían quedado borradas.
La situación se volvió todavía más dura en 1619, cuando una epidemia de catarro y fiebre golpeó la región. Las crónicas describen escenas tremendas: canoas con cadáveres a la deriva por el Paraná y aldeas devastadas. En Itapúa murieron más de setenta niños. Ese desastre sanitario empujó el traslado del núcleo principal del pueblo entre 1620 y 1621 hacia la otra margen del río, donde luego creció Encarnación.
Pero el sitio original no quedó vacío. Lejos de eso, siguió funcionando como Estancia Grande, una pieza clave dentro del sistema jesuítico. Un inventario de 1768 muestra lo enorme que era esa organización: miles de vacas, yeguas, caballos, ovejas, burros y hasta una flota de canoas para el paso entre ambas orillas. O sea: el lugar que hoy es Posadas no era un terreno abandonado, sino parte de una estructura productiva muy importante.
Y ahí aparece el gran debate. La versión más difundida dice que Posadas nació en 1870, por un decreto administrativo correntino. Pero esa mirada deja afuera más de dos siglos y medio de historia previa. Además, hay hechos concretos que muestran continuidad: en 1834, para construir la muralla de la Trinchera de San José, se usaron piedras de las ruinas de la estancia original. La ciudad moderna, en parte, se levantó sobre restos de su pasado jesuítico.
Por eso, hablar de Posadas es hablar de una ciudad con capas. Primero fue Itapúa, después la reducción jesuítica, más tarde la etapa paraguaya, luego la ocupación brasileña durante la Guerra de la Triple Alianza y finalmente la organización correntina. No es una historia lineal ni simple: es una historia llena de marcas, cambios y continuidades.
Visto así, Posadas no parece nacida de la nada ni de un solo papel firmado en 1870. Parece algo mucho más profundo: un territorio donde hubo cruz, selva, trabajo, alianzas, epidemias, mudanzas y memoria. Un lugar donde un niño de 10 años ayudó a sostener una misión, donde caciques guaraníes defendieron un nuevo orden y donde la historia empezó bastante antes de que existiera la ciudad con el nombre actual.
Y ahí está lo más interesante: no se trata solo de una fecha. Se trata de mirar de nuevo el lugar donde vivimos, de descubrir que debajo de lo que vemos todos los días hay una historia muchísimo más grande de lo que parece.
Te invitamos a seguir al historiador Julio Cantero y conocé la historia con más detalle: