Dos pueblos, un secreto: lo que esta historia te hace pensar sobre tu vida
Seguimos difundiendo autores de la SADE Misiones:
Dos pueblos, un secreto: lo que esta historia te hace pensar sobre tu vida
A veces creemos que para ser felices necesitamos “más”: más cosas, más logros, más aventuras, más reconocimiento. Pero… ¿y si la clave estuviera en algo mucho más simple? Esta historia, escrita por el misionero *Germán Wilcoms, te va a dejar pensando.
Parábola de los dos pueblitos
Existe al norte un pueblito con muy pocos habitantes. Tiene un alambrado con postes de eucalipto sin pintar que delinea sus límites y un arroyo que lo cruza de lado a lado. Las huertas se colorean según la estación y el frente de las casas da al sol por la mañana. Cuando la claridad del día empieza a trepar sobre los cedros y yerbales, se escucha el trabajar de las herramientas en los talleres y el mugido manso de los animales en las plantaciones. Las horas acontecen sin pausas, pero carentes de apuro, hasta que el olor de los guisos anuncia el primer descanso. La tarde transcurre idéntica, siesta mediante. Una vez cumplido el jornal, el mate arrima a las familias, nuevamente, a sus viviendas. En los ratos libres y fines de semana sus habitantes cultivan el ocio. Se esmeran en hacer los mejores asados, en tejer sus ropas con mejor arte, en hacer que sus hogares sean un poco más cómodos. También practican con alegría sus tradiciones, que no son demasiadas ni están empalagadas de símbolos. La gente es agradecida de la vida y tiene, por lo tanto, respeto hacia la muerte. En sus flacas páginas de Historia no se registran temerarias expediciones ni se ensalzan las beligerancias. Tampoco les excita el peligro ni alientan la osadía inútil. No está bien visto internarse en el monte cuando declina el sol ni cometer audacias de ningún tipo si tienen el fin de vanagloriarse ante los demás. Es este un pueblito de traza humilde, pero rico hasta el absurdo. No solo porque sus tierras son sanas y el clima resulta benéfico, sino, sobre todo, debido a la presencia pertinaz de cierto metal muy preciado por los foráneos, al que llaman «oro». No es raro que pepitas del tamaño de cascarudos, o hasta de pájaros, se cuelen en las redes de pesca o mellen las azadas al airear los canteros. Es una riqueza fácil y algo molesta que no se enorgullecen en mostrar. Amontonan inmensas cantidades de este metal en la oscuridad de los sótanos, junto a las espadas y armaduras que, por dar rienda a la práctica del oficio nomás, forjan los herreros. Junto al pueblito existe otro, idéntico. Resulta igual por dónde se lo mire. Los dos pueblitos están tan cerca el uno del otro que pueden oírse, recíprocamente, el relincho de sus caballos y el ladrar de los perros. Tan próximos coexisten entre sí, que el canto estentóreo de los gallos, a la madrugada, despierta a unos y otros por igual. En ambos pueblitos la gente vive una vida feliz y se muere de vieja, gracias a que no se conocen ni se han visitado jamás.
*Germán Wilcoms (1983) nació en Leandro N. Alem, Misiones. Es escritor y profesor en Letras, egresado de la Universidad Nacional de Misiones (UNaM). Sus primeros libros fueron Cainario, la etimología del honor (hoy agotado) y El principio de Berkeley. El relato Parábola de los dos pueblitos corresponde a su tercera publicación, Entre pavos te veas (editado por EDUNAM).