Ariel Kusiak, el escritor misionero que une monte, memoria e identidad en su cuento “Dos raíces”

Ariel Kusiak, el escritor misionero que une monte, memoria e identidad en su cuento “Dos raíces”

Seguimos entrevistando a autores de Misiones

En esta edición, ponemos la mirada en Ariel Kusiak, un escritor misionero que ha sabido construir una obra profundamente ligada a la identidad regional, la docencia intercultural y la sensibilidad poética. Descendiente de inmigrantes polacos y húngaros, nació en Godoy Cruz, Mendoza, en 1984, pero su infancia transcurrió en San Ignacio, Misiones, territorio que marcó de manera decisiva su universo creativo. Hoy vive en Jardín América y trabaja como docente en escuelas de modalidad intercultural bilingüe con comunidades Mbya guaraní en Puerto Leoni.

P: Ariel, ¿cómo se define tu vínculo con la literatura y con Misiones?

—Mi relación con la literatura comenzó muy temprano, casi como una necesidad íntima de expresión. A los doce años empecé a escribir mis primeros poemas y relatos breves, influenciado por autores de la literatura infantojuvenil universal como Hans Christian Andersen, Lewis Carroll, Antoine de Saint-Exupéry, Julio Verne, los Hermanos Grimm, Roald Dahl y Astrid Lindgren. También me marcaron profundamente escritores latinoamericanos como María Elena Walsh, Horacio Quiroga, Juan Rulfo, Graciela Montes, Elsa Bornemann y Ana María Machado, entre otros.

Misiones, por su parte, está en el centro de todo lo que escribo. La infancia en San Ignacio, el paisaje, las tradiciones, las voces del territorio y la vida cotidiana fueron moldeando una mirada literaria muy propia. Mi obra dialoga con esa herencia regional, especialmente con la figura de Horacio Quiroga, pero también busca una voz contemporánea, sensible y personal.

P: Tu producción literaria parece atravesada por lo regional, lo simbólico y lo humano. ¿Cómo definirías tu escritura?

—Diría que mi escritura tiene una fuerte impronta regional, pero no se limita a describir un lugar. Me interesa que el paisaje misionero, las tradiciones culturales y las experiencias cotidianas se conviertan en materia literaria con una dimensión simbólica y espiritual. Hay algo de lo real, algo de lo imaginario y algo de lo profundamente humano que se entrelaza en cada texto.

Durante mucho tiempo conservé mis primeros escritos como un archivo personal, sin publicarlos. Eso fue parte de un proceso de gestación literaria sostenido, introspectivo, de maduración. Escribir, para mí, siempre fue también una forma de mirar, comprender y guardar memoria.

P: Además de escritor, sos docente en contextos interculturales bilingües. ¿Cómo influye esa tarea en tu obra?

—Influye muchísimo. Actualmente resido en Jardín América y trabajo como docente en escuelas de modalidad intercultural bilingüe con comunidades de la etnia Mbya guaraní en Puerto Leoni. Esa experiencia me atraviesa de manera profunda. El contacto cotidiano con otras formas de ver el mundo, con otras lenguas, con otras cosmovisiones, enriquece enormemente mi escritura y mi manera de comprender la cultura.

La docencia y la literatura, en mi caso, no están separadas: se potencian mutuamente. Ambas me permiten dialogar con la identidad, la memoria, la diversidad y la sensibilidad humana.

P: Tu recorrido ha sido reconocido en numerosos certámenes. ¿Qué significan esos premios para vos?

—Los premios y menciones son importantes porque visibilizan el trabajo, pero sobre todo porque confirman que una voz nacida en el territorio puede encontrar eco en distintos ámbitos. A lo largo de mi trayectoria recibí varias distinciones, entre ellas: primer premio en el Concurso Literario “Relatos Asombrosos” por El hijo del monte en Corpus, 2010; tercer premio en el Concurso Literario Provincial “Leyenda del Lapacho” por La leyenda del Tajy en Puerto Leoni, 2020; tercera mención especial en el Concurso Nacional de Cuentos Navideños, en la Fiesta Nacional de la Navidad del Litoral, por Soldado de Jesús en Navidad en Leandro N. Alem, 2021.

También obtuve el primer premio en el IX Concurso Literario en homenaje a Horacio Quiroga por Miel de fuego en San Ignacio, 2022; segundo premio en el concurso provincial de poesía y cuento “Voces Misioneras – Rumbo a los 40 años de la gesta de Malvinas” por ¿Para qué sirve? en Apóstoles, 2022; segundo premio en el III Concurso “La Letra Rosa” por Cangrejo y acuarela en Posadas, 2022; primer premio en el Concurso Literario “Felices Pascuas” por De maestros y discípulos en Apóstoles, 2023; primer premio en el mismo concurso por Del polvo y las cenizas en 2024; primer premio en el Concurso Literario de la Fiesta Provincial de la Meliponicultura por Che roga en Capioví, 2024; primera mención especial por Cantar las cuarentas en el Certamen Literario Distrital “Nilda Mabel Biscaichipy”, en el marco de los 40 años de democracia, en el Partido de Saavedra, Buenos Aires, 2024; y segunda mención especial por El regalo más grande en el Concurso Internacional de Cuentos Navideños de la Fiesta Nacional de la Navidad, en Leandro N. Alem, 2024.

P: ¿En qué momento de tu carrera te encontrás hoy?

—Hoy estoy en un momento muy especial, porque me encuentro en proceso de edición de mi primer libro. Todavía no tiene fecha de publicación definida, pero representa un paso muy importante en mi recorrido como autor. Hasta ahora, gran parte de mi producción literaria se difundió a través de diarios de la provincia de Misiones y también mediante publicaciones en redes sociales, lo que me permitió llegar a un público amplio y diverso. (Ariel también estuvo como candidato en las últimas elecciones de la SADE Misiones, en la lista de “Tu voz escribe Misiones” comprometido con las letras)

P: ¿Qué te gustaría que encuentre el lector en tu obra?

—Me gustaría que encuentre una mirada profunda sobre la vida cotidiana, la naturaleza misionera y la experiencia humana. En mis cuentos, relatos y poesías hay una búsqueda de lo real y lo simbólico, de la belleza y de la reflexión. También hay un compromiso con la cultura regional y con el valor de las palabras como puente entre personas, territorios y memorias.

Quienes deseen conocer más sobre su obra pueden visitar su sitio oficial: arielkusiak.com, donde se reúnen cuentos, relatos y poesías que recorren el universo creativo de un autor que sigue creciendo desde Misiones, con una voz propia, sensible y profundamente arraigada a su tierra. te dejamos uno de sus cuentos:

DOS RAÍCES

“El parto fue arduo y laborioso, a pesar de que, en los días previos, frotaron el vientre

de la primeriza con grasa de mykure. El niño nació débil y pálido, como granos de

avachi (maíz), y pronto corrió el rumor en la aldea de que el retoño crecería sin

padre. Según decían, la joven Yva había confeccionado, en mala luna, el amuleto

de pira ka;a para enamorar a un jurua (hombre blanco). Su choza resultaba un lugar

esquivo para niños y adultos, y de tanto en tanto, una de las sabias ancianas la

envolvía con sahúmos de yvyra paje, mientras murmuraba antiguas oraciones para

ahuyentar a los malos espíritus y a las energías negativas. A lo largo de su infancia,

el pequeño César padeció mil tormentos y se ganó fama de criatura impertinente. A

causa de sus padecimientos, Yva recorría el monte en busca de yvyra rapoju para

la constipación, pipi guachu para los dolores estomacales, ambay para la tos y

karẽ para el nerviosismo y la expulsión de parásitos. Desvelada de día y de

noche, solía soplar unas hojitas de ndavy´ai entre sus manos para pedir a Tupa

Dios que alejara los malos pensamientos, luego de asearse, restregaba su cuerpo

con Ka´avo-tory, o yerba de la alegría, que la ayudaba a no ceder ante la angustia.

El niño fue creciendo y enraizándose, apuntalado por las savias, cortezas, hojas y

raíces de todas las hierbas y árboles que lo rodeaban, por la sabiduría de la

medicina ancestral y por el amor incondicional de su madre. A César no le

quedaban horquetas por trepar, había recorrido cada nido y panal, su chuzo cabello

rubio había alcanzado las más altas copas y balanceado en cada flexible rama. Las

urracas familiarizadas con él no lo delataban, se confundía y mimetizaba con los

monos tití y los coatíes. Si muy quieto se quedaba hasta podía competirle al urutaú.

A pesar de la felicidad de crecer, César lidiaba con el desafortunado destino de ser

extraño para los suyos y para los demás, quienes, despectivamente, lo apodaron

«polaco». Muchos en su aldea lo apreciaban e incluso llegaban a admirarlo, pero los

visitantes de otras comunidades lo miraban con recelo, deseosos de someterlo a burlas y bromas de mal gusto por su desafortunado color de piel. Sin embargo,

siempre había alguien de su comunidad que salía en su defensa.

Con el tiempo, César desarrolló una condición física envidiable y se destacaba en

cualquier actividad física. El portentoso joven fue adquiriendo popularidad por su

habilidad y destreza y poco a poco su nombre se convirtió en una gran promesa.

Los colonos se percataron de su potencial y lo invitaron a unirse a las divisiones

formativas del modesto club de la colonia. Aunque se adaptó rápidamente al modo

de juego del equipo, no ocurrió lo mismo en su relación con sus compañeros; sus

largos silencios y su escasa conversación, resultado de un dominio limitado del

castellano, lo dejaron apartado del resto de los jóvenes. Hasta que un día, oyó una

conversación:

—Difícil que juegue el domingo. Mamá está con fuertes dolores de cabeza y tengo

que quedarme a cuidarla.

— Angá la doña, son caros los remedios.

César los interrumpió intempestivamente y entonces habló:

—Lavar la cabeza con hojas de yvyraro. —Dijo, así sin más y luego siguió mirando

al horizonte por sobre las copas de los árboles –

Los jóvenes lo miraron extrañados y continuaron conversando. Sin embargo, el

domingo, día del partido, uno de ellos se acercó a César, y sobre su hombro

murmuró:

—Gracias, César. Tu receta funcionó.

En una ocasión, el maestro que además se desempeñaba como director técnico

había estado lidiando con problemas de garganta. Antes de comenzar el partido, se

disculpó por no poder continuar su charla debido a una disfonía. César, que lo

escuchaba atentamente, se dirigió a una zona de árboles cercana a la cancha y

regresó con unas hojas de araticú en las manos. Tras tomar un sorbo de agua,

simuló hacer unas gárgaras y, mostrando las hojas, explicó: Con agua tibia, no

tragar. Sus compañeros estallaron en carcajadas, pero el maestro, con su último

hilo de voz, les dio una reprimenda que los dejó en silencio durante los noventa

minutos de aquel aburrido empate.

Con el paso del tiempo, César fue ganándose un lugar entre sus compañeros. Su

mestiza condición se convirtió en un puente entre las dos culturas, y así, los más

pícaros del equipo, que de mbya sabían poco, pero estaban bastante familiarizados

con el guaraní, comenzaron a llamarlo «arandú yvyrareta», el sabio de la tierra de

los árboles, en reconocimiento a su conexión con la naturaleza. Aunque continuaba

siendo «polaco» para los mbya, César había encontrado, si se quiere por

casualidad, un nuevo sentido de pertenencia.

En su debut en reserva, los tablones de paraíso de las tribunas estaban repletos.

En un momento crucial, recibió la pelota y fue recortando de izquierda al centro,

gambeteando sin importar el color y el tamaño, los rivales se iban quedando atrás

inmóviles como estacas. Mientras avanzaba hacía el arco tuvo tiempo de ver en la

tribuna a la gente de su comunidad alentando desaforada. Con la misma certeza y

precisión de sus palabras, la pelota encontró la red justo en el vértice del rectángulo

de cerne de tajy que conformaba el arco.

La multitud explotó en una ovación. Sus compañeros lo abrazaron y él alcanzó a ver

un resplandor por sobre las copas de los árboles, en el mismo punto exacto donde

para los mbya habita Ñanderu Tenonde en ese momento de éxtasis se llenó de un

gozo inexplicable sintiendo que, por fin, había hallado su lugar en el mundo, “su

tierra sin mal”. Comprendió entonces que su identidad, enlazada entre dos raíces, le

otorgaba una fuerza única. «Polaco» y «arandú yvyrareta» coexistían en él, y en esa

dualidad, sin enmiendas ni tapujos había encontrado su modo de ser. Aquella tarde,

aunque César nunca lo supo, entre los que festejaban, estaba presente su padre,

que esbozó orgulloso una sonrisa a la reparadora sombra de los árboles.

(Ariel Kusiak)

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