José Ríos, el joven escritor que convirtió las caídas en libros y la diferencia en motor de vida
Hay historias que no solo se leen: también inspiran. La de José Francisco Ríos, un escritor muy joven, es una de esas. Con una voz propia, sensible y firme, José habla de sus libros, de su forma de mirar el mundo y de las batallas que le tocó dar para llegar hasta donde está hoy. Entre la literatura, la filosofía, el deseo de construir un futuro mejor y una profunda humanidad, su palabra deja una huella especial.
P: José, para arrancar: ¿quién sos?
—Soy José Francisco Ríos. Nací el 15 de junio de 2001. Soy escritor, soy autista, estudio en un terciario y soy, ante todo, alguien que quiere seguir creciendo como adulto independiente. También me considero filósofo de corazón y el más pequeño de mis hermanos.
P: ¿Cuándo apareció la escritura en tu vida?
—Apareció bastante temprano. Publiqué mi primer libro cuando todavía estaba en la secundaria, se llama El Viajero Misterioso. Después, ya siendo adulto, publiqué 7 Años de Historias, Cuentos y Poemas en 2023, y más tarde Tres Genios, Tres Líos. La escritura siempre fue una forma de expresarme y de dejar algo en el mundo.
P: Tus libros muestran mucho de tu interior. ¿Qué te mueve a escribir?
—Me mueve el amor por la humanidad. Yo vivo en un mundo que muchas veces es caótico, pero creo que con humanidad se puede construir algo mejor. Escribo pensando también en la familia que quiero formar algún día, en el mundo que me gustaría ayudar a construir.
P: En tu historia aparece mucho la lucha. ¿Qué significó para vos atravesar la discriminación?
—Significó aprender a resistir. Fui echado injustamente de mi primera primaria por ser diferente, y eso dolió muchísimo. Pero no me rendí. Seguí adelante, llegué a la secundaria y hoy estoy estudiando una carrera. No fue fácil, pero fui avanzando a pesar del rechazo.
P: ¿Qué te ayudó a seguir cuando todo parecía ponerse en contra?
—Levantarme cada vez que me caía. Me caí tantas veces que siento que conozco el suelo como si fuera un viejo amigo. Pero siempre hice lo mismo: me levanté, me sacudí el polvo y seguí. No me gusta rendirme. No renuncio a conquistar mi destino.
P: ¿Cómo te definirías hoy, después de todo ese recorrido?
—Como un joven de Eldorado que ama escribir, pensar y construir. Soy el amigo de mis amigos, alguien muy humano, quizás demasiado humano a veces, pero con ganas de seguir creciendo. Y también soy alguien que quiere honrar su camino con dignidad.
P: Si tuvieras que dejar un mensaje a otros jóvenes, ¿Cuál sería?
—Que no se den por vencidos. Que ser distinto no significa estar mal. Que a veces la vida golpea fuerte, pero también se puede avanzar aunque sea paso a paso. Y que cuando uno encuentra algo que ama, como la escritura, ahí aparece una fuerza enorme para seguir.
P: ¿Qué te gustaría que la gente vea en vos cuando te lea o te escuche?
—Que detrás de cada libro hay una persona real, con luchas, sueños y esperanza. Yo no quiero ser solo “el chico que escribió”. Quiero ser alguien que dejó un mensaje de humanidad.
Te dejamos uno de sus textos:
Así se acabó el mundo
Si alguien lee esto, lo cual me parece imposible, es que el mundo que conocí desapareció, al igual que yo. No, no es algo que sucediera de golpe, ni algo que yo provocara, fue nuestro error como especie, creímos que el mundo era eterno, y, curiosamente, lo es, pero no nuestra civilización.
Todo empezó cuando decidimos que el mundo nos debía mantener con sus recursos, no se cuando empezó, pero fue hace mucho tiempo, de lo que sí estoy seguro, es que nací para ver el fin de todo, un glorioso ciclo de masacre de instituciones, donde la fragilidad de nuestra ética fue puesta en evidencia, y donde dejamos nuestra arrogancia de “supuestos gobernantes del planeta”, solo hizo falta un cataclismo artificial para ello.
Digamos que mi nombre es Caín, pero no lo recuerdo, ni siquiera estoy seguro si mi mente aun funcione, pero, definitivamente no tengo un nombre como miguel… yo era alguien insignificante, no era rico, no tenia un linaje, no era un hombre popular, solo una hormiga más manteniendo la colonia, pero no era un insecto.
Viví una era extraña, no había ni dioses ni reyes, solo hombres, pero todos éramos monstruos. No tengo quejas, no, era una era de placeres diversos, donde la soberbia y la arrogancia estaba al frente de todo, pero las libertades eran castigadas por la ley. Un paraíso de pecadores.
Quizás por afán de una fuerza, una deidad, un destino, o lo que sea, estoy dejando esto, mi legado, mis últimas palabras, eso que se muy bien que nadie leerá, pero esta EN MI HUMANIDAD HACER ALGO, INCLUSO SI NO TIENE SENTIDO. Así que déjame contarte mi historia, la historia del fin de mi mundo.
Recuerdo cuando mis profesores discutían, hacia demasiado calor, hablaban de cosas que no entendía, y nunca presté verdadera atención. Lo cual es obvio, digo, ¿Cómo le dices a un adolescente que siente que todo se esta yendo al carajo? Así no habla un profesor frente a sus estudiantes. Quizás esa vez fue cuando lo note por primera vez, el mundo que todos conocían está cambiando, cambiando mucho, y todo era nuestra culpa.
Crecí en un apartamento decente, tenía una hermana mayor, aunque era más un simio macho que una mujer, pero era mi hermana, a la cual lamento no haberle dicho “te quiero” una última vez, y también estaban mis padres, pero de ellos si me pude despedir… aun me duele la despedida.
Mi hermana era distinta a mí: peleona, impulsiva, seductora, confiada, vengativa, pero imposible de odiar, tuvo cientos de novios, y además de mandar a un par de decenas de acosadores al hospital. Yo, era un caso perdido: tímido, ansioso, cobarde, un perdedor del rincón. Pero éramos inseparables, yo siempre fui enorme, y usando mi tamaño es que la protegía, pero siempre ella se manchaba las mano con sangre. Éramos tan tontos, como dos primates, pero ella era la reina, la gorila, y yo solo su hermanito.
Entre nosotros siempre hubo una buena relación,
J. R. El Escritor.