El diario nocturno

El diario nocturno

Hoy, desde SADEM joven, te presentamos a Valeria Dávalos, quien nos envió un cuento que te va a atrapar. Léelo!
EL DIARIO NOCTURNO
Apilaron cajas de manzana y pedazos de cartón, sumergieron un trozo de algodón en alcohol y lo arrojaron al medio, el fogón resucitó. Las estrellas pestañeaban juguetonas, vi un par andar fugaces en la noche del veinte de enero del año dos mil catorce. Nos salían carcajadas y aplaudíamos sentados sobre la greda, acompañados por el relente de esa madrugada nos cuidábamos de las hormigas que habían creado montículos de tierra alrededor. Después nos dividimos en grupos y el líder del nuestro comenzó a contar historias de terror porque fue lo que le pedimos para entretenernos en esas dos horas libres. — ¿Vieron el arroyo que esta de aquel lado? Hace muchos años había un nene muy terrible, era como el diablo haciendo jodas pesadas a los guías del campamento cada verano. Petardos en la cocina, sal abundante en la comida, entre tantas cosas. Hasta que un día el gurí se acercó al arroyo y ocultó su cabeza debajo de las hojas de una morera para asustar al primero que quisiera descansar ahí cerca, y ¡ZAS! Se cayó al agua, enredando sus piernas con raíces y rocas sin poder salir a flote. Cuando la policía encontró el cuerpo tenía marcas de asfixia y una herida en la cabeza—Suspiró—. Eso fue hace muchos años.
— ¿Se descubrió quién fue?—El guía frunció el ceño y dio una pausa sin entenderme, —El asesino—añadí, — ¿Lo descubrieron?—Pasó por su cuello y mentón los dedos de la mano, no tenía idea.
Desenfundaron las guitarras y probaron el bombo. Esa tarde había amenazado con tirar tus ojotas al arroyo y corrí desquiciada hasta el quincho subestimando tu velocidad para alcanzarme. Jugaste al vóley, tenías unos remates excelentes, era la destreza que adquiriste en partidos de intercolegiales. El rebote de la pelota contra tus antebrazos llamaba la atención y hasta pasada las tres de la mañana era el mejor campamento de mi existencia. Nos fuimos a la carpa, y nos acomodamos en las bolsas de dormir, cerramos el cierre, los chicos estaban en su sector y las chicas en el suyo, así que no podía verte. Ni siquiera los ronquidos de Camila impidieron que mis ojos se cerraran automáticos, uno latía involuntariamente. Me asustó el pie de Camila que rozaba mi oreja, desperté, eran las cuatro y escuché voces cerca del arroyo. — ¡Se cayó!— dijo uno, ¿no podían esperar a que sean las diez de la mañana? Pensé bostezando. Las chicas no parecieron escuchar los gritos, entreabrí el cierre de la carpa y espié más allá de la varilla central; había una ronda de personas alrededor de la cascada con camalotes. Sus sombras eran proyectadas por linternas, las chicas se fueron despertando una a una. —Parece que alguien cayó al arroyo sin querer—respondí cuando preguntaron. Los enfermeros del campamento hacían los primeros auxilios, no podía oír bien los susurros entre el canto de los grillos. Colocaron a la persona en una camilla, los destellos verdes de una ambulancia que estaba estacionada a lo lejos llamaron mi atención. Camila nos tapó la visión con su espalda, los guías nos obligaron a dormir y no curiosear. Había sido que te caíste al arroyo y tus padres vinieron a buscarte, estabas bien, quedaba poco tiempo para extrañarte vecino de aventuras, que raro vos haciendo macana ¿qué hacías tan tarde jugando cerca del arroyo?
Almorzamos arroz con pollo, bailamos, reímos y la cascadita al lado del quincho seguía llamándome. Fui sola a la siesta y me saqué las zapatillas, hice con las medias un bollito y hundí mis pies descalzos en el agua cristalina, las ampollas picaron— ¡Au! ¡Qué frío!— dije expandiendo los dedos, dejaron de dolerme con el vaivén de las pequeñas olas. La orquesta de ranas era imparable, sonreí por las cosquillas en mis tobillos, supuse que eran las boquitas de los bagres que comían la piel muerta. Distinguí una cabeza que salía mirando la cascada de perfil, acurruqué mis piernas a tierra de un salto hacia atrás, lo vi hasta la nariz. Era un nene, grité y los guías del campamento vinieron a ver qué pasaba.
Al otro día, supe con quién hablar, le decíamos “el abuelo”, aproveché la organización del juego de luces y sonidos para encontrarlo. Un guía tomó el micrófono.
— ¡Hola chicos! Bueno, buen provecho primero que nada. Les recuerdo que está prohibido jugar cerca de la cascada, es muy peligroso. Para que no caiga nadie, tenemos un vigilante. Cada equipo tiene su color y su lista de las cosas que deben encontrar. ¡Vamos a ver quién gana!
Los chicos más grandes se colocaron las mejores zapatillas que tenían y reforzaban con doble nudo sus cordones. Yo la última vez que jugué me gané como premio un par de puntos en el brazo, una rama se enganchó con mi cabello, pise mal y caí a un pozo de tierra. No iba a jugar aunque se enojaran conmigo, si perdía mi equipo bueno, era mejor que ir al hospital. Quedé en el quincho y me senté en el suelo esperando a que el juego termine, cerca de los parlantes estaba el hombre que buscaba. Le pregunté si conocía la historia del nene ahogado en el arroyo, me contestó que sí, pasó cuando él era chico y vivía por estos alrededores, entre Campo Viera y Campo Ramón. Dijo que los guías exageraron y que ya estaba grande para asustarme, insistió con que fuera a jugar con los demás.
Decepcionada, caminé hacia la carpa, Camila dijo que el equipo azul había conseguido todas las pistas. — ¡Felicidades!, ahora quiero dormir un ratito —contesté entrando a la carpa y usando de almohada un abrigo. Escuchaba bullicios y agites de banderines; los ganadores fueron anunciados en el quincho, imposible conciliar sueño. Una voz masculina pronunció mi nombre y Camila volvió a buscarme. — ¡Nos toca la guardia! Recién sortearon —dijo sacudiéndome, —y vas a tener el diario donde podemos registrar cada momento. Mañana temprano vamos a poder leerlo, frente a todos en el desayuno. ¿Qué estás esperando? ¡Dale! ¡Arriba!—Capté todos los sonidos y pensé en el arroyo, ahora tenía que estar vigilado por nosotros. Entre pájaros perdidos y luciérnagas, coro de chicharras y lagartijas escurridizas, quise describir en el diario la cara de Camila cuando por fin descubrió que ser guardia era aburrido. Jugábamos a las cartas con mate de por medio para no dormirnos. Las cucarachas recorrían el piso como autopista, fui hasta la cocina para hacer café y vi una luz de linterna cerca del arroyo. — ¡Ey! ¡Ese lugar está prohibido! ¡Ey! —Levanté mis brazos, di la señal a Camila de ir a investigar. La cascada estaba cerca, resbalé pisando el lodazal, sola y ahora con frío, retrocedí para volver al quincho. Algo agarró mi pierna detrás de la rodilla, cerré los ojos. Un hombre de tez oscura y corpulento me agarraba del cuello, tenía una chomba celeste y un logo bordado de dos anclas cruzadas, desapareció.
En enfermería, Camila dijo que tuve un accidente y llamaron a mis padres para contar la situación, era el último día. Sacamos los carteles, desenterramos las estacas, doblamos las varillas, encimamos las valijas. Quedé pasmada. El chofer del colectivo tenía la chomba y el mismo logo. Era el asesino, no me animé a decir palabra. Comenté la situación a mamá cuando llegué a casa, y prometió que iba a tomar cartas en el asunto. Mis papás suelen hablar de un expediente, no pregunto mucho, ya no me atraen los campamentos.
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