Las diferencias en la escuela: ¿Si los otros fuéramos nosotros?

Las diferencias en la escuela: ¿Si los otros fuéramos nosotros?

Nos llega una nota más del Forum de Infancias Misiones. Imperdible. Leela y compartila.

LAS DIFERENCIAS EN LA ESCUELA: ¿Si los otros fuéramos nosotros?.

Motiva el presente, la esperanza de que podamos involucrarnos un poco más con los sufrimientos y malestares de las infancias, haciendo el ejercicio de suspender el juicio para que el otro se manifieste, se muestre, nos cuente quien es, confíe sus miedos, sus necesidades, sus intereses. Promover y abrirse a la escucha como acción indispensable, sometiendo a revisión tanto ideas como actos que se convierten en palabras -o viceversa – que aparecen y circulan como términos y expresiones naturales e incuestionables.

A modo de disparador para pensar las diferencias y la igualdad, quiero compartir un breve relato acerca de la experiencia de una niña de 7 años y la impresión que generaba en maestros y compañeros dentro del espacio educativo.

La siguiente, podría ser la historia de muchos niños y niñas escolarizados, que en ocasiones son identificados como “diferentes” o “difíciles”. La protagonista de la historia era definida por sus maestros como introvertida, tímida, educada, buena alumna y respetuosa, pero prácticamente muda. De hecho, uno de los señalamientos cotidianos era su mutismo, la burlaban refiriéndose a ella como “la muda”. Le costaba sentirse parte y mostrar quien era. No quería – o no podía- expresarse con la palabra, con el cuerpo ni el dibujo, siendo esta última, una actividad que curiosamente le encantaba realizar, pero no en ese espacio definitivamente. De hecho, el dibujo y la pintura acompañaron gran parte de su infancia, entre otras formas de expresión que fue descubriendo, desarrollando y nutriendo junto al incentivo de su familia.

Parecía no interesarle el entorno, no lo sentía seguro, más bien lo vivía como lejano y muchas veces como una amenaza. En la escuela no jugaba con otros, lo hacía sola, imaginando mundos enteros debajo del pupitre. La experiencia de esta niña con la educación formal ha sido cruel y violenta. Ha recibido burlas, golpes, segregación, chistes y comparaciones hirientes no solo de pares, en ocasiones, también de maestros, lo que hacía que se encerrara cada vez más. Situación esta, que no fue tomada en cuenta al momento de atribuirle causas a su comportamiento.  Sin embargo, en su casa, con sus afectos, se manifestaba de manera contraria: jugaba, cantaba, imaginaba, pintaba y era una más en el grupo de primos y vecinos del barrio. Su infancia parecía otra fuera del espacio escolar, parecía estar a salvo. ¿Cómo irrumpió el proceso de escolarización en esta niña para que su comportamiento sea tan diferente dentro y fuera? ¿Qué significó? ¿Es posible que no se sintiera convocada por lo que la escuela le ofrecía?

Al tomar contacto con este tipo de situaciones o experiencias, siempre vuelvo a preguntarme, -y los animo a que lo hagan-: ¿Cuál fue mi primera experiencia con la alteridad? ¿Cómo la viví? ¿Qué me generó? ¿Cuántas veces estuve del lado de “la diferente”, “la anormal”, la que no encajaba? En ocasiones, es necesario poder entenderse desde otro lugar, para empezar a hacernos mejores preguntas y no repetir respuestas como absolutos. Respuestas de manual, vacías de sentido, de contexto, de singularidad.  Resulta extremadamente revelador conocer – y reconocerse- en esos espacios. Saber o descubrir quiénes somos cuando la alteridad está enfrente –o al lado- muy cerca. Qué nos ocurre en el cuerpo cuando eso sucede, cómo se establece el vínculo, cómo somos recibidos, percibidos.

Es fundamental poder pensar en cómo y desde donde miramos cuando vemos a otros, y a la vez, desde dónde y con qué criterio nos miramos nosotros, después de todo, uno vé lo que puede ver, lo que nos enseñaron a mirar, observamos desde un marco que no siempre – más bien, casi nunca- está explicitado.

La niña de la historia, era señalada con múltiples “diagnósticos” dentro de la escuela, con sugerencias varias por parte de las maestras y equipo técnico profesional del establecimiento. Los padres nunca accedieron a ningún diagnóstico, ya que su hija fuera del espacio escolar se expresaba de manera opuesta a lo que relataban los maestros y que, además, los conducía a clasificarla en distintas categorías: “extraña”, “rara”, “anormal”, TEA, entre otras. Nuria Pérez de Lara (2001) sostiene que

Con todo tipo de técnicas de diagnóstico y tratamiento y con la certeza de que cada una puede responder al caso que ante sí se presente, no suelen formularse ya [la] pregunta… fundamental: ¿Quién soy yo? ¿Qué produce en mí la presencia del otro? ¿Qué demanda hay en sus ojos, en su gesto, en su grito o en su silencio? ¿Qué me dice a mí su presencia? Si su presencia no me dice, si sus ojos, su gesto, su grito o su silencio no me reclaman, si en mí nada se produce con todo ello, no puedo más que recurrir a la acertada clasificación de sus conductas –pues a un cúmulo de conductas reduce la técnica pedagógica toda presencia- y acertar con la adecuada aplicación de una técnica o estrategia… para que dicha presencia se transforme en conducta adaptada, normal, recta, es decir, en la respuesta correcta.

¿Por qué lo “normal” se mide en función de los criterios establecidos por una única institución? ¿Cómo es posible que se evalúe la “salud mental” de un niño o niña por determinados elementos aislados que únicamente se manifiestan en contacto con el dispositivo escolar? ¿Es posible que las causas de los comportamientos señalados como extraños sean generados por la propia institución educativa, en interacción con ella, como consecuencia de su manera de accionar? Lo anterior toma sentido, sobre todo si pensamos en que

Las clasificaciones, diagnósticos y tratamientos (psico) pedagógicos no son independientes de las clasificaciones y jerarquías que introduce el orden escolar. La mirada diagnóstica es una mirada institucionalmente situada, pero que se “ciega” ante la institución. De este modo, sitúa la diferencia/deficiencia como definición de a-normalidades del individuo por su adscripción a categorías patológicas o de extrañeza social, pero no como categorías que den cuenta del marco social o institucional en el que aparecen las no-normalidades problemáticas. La institución educativa naturaliza ciertas prácticas y formas de mirar, viéndose a sí misma como “lo normal”, cuando en realidad se trata de un modelo institucional de escuela con una historia concreta, arbitraria (Contreras. 2022).

En el espacio educativo, esa diferencia, ese ser “diferente” es muy común, pues, la escuela desde sus orígenes busca homogeneizar, normativizar, igualar, como objetivo fundacional del modelo tradicional. Todos deben ser iguales. Iguales en patrones de comportamiento, en aspecto, en reacciones, en tiempos de aprendizajes, alcanzar los mismos objetivos, entre tantas otras cosas. Quienes se salen de la regla, de la norma, de lo esperado, de las expectativas escolares, es considerado diferente.

Es importante entender que existen niños que viven la experiencia de la escolarización de manera muy difícil, cruel, insegura, dependiendo de miles factores, principalmente de su singularidad, elemento que no se tiene en cuenta la mayoría de las veces, y no por ello deben ser clasificados mediante un manual diagnóstico.

¿Cómo podríamos empezar a revertir esta situación? Una posibilidad es teniendo presente lo compartido en el primer párrafo de este escrito, en el mismo sentido en el que Carlos Skliar (2017) habla de gestos mínimos para referirse a actos de solidaridad para con el otro. El acto de escuchar, de prestar atención a la palabra, al gesto, darles la bienvenida a otros, alojarlos, invitarlos a formar parte. Él afirma que esos gestos son los más olvidados, sin embargo, implementarlos podría evitar muchas situaciones hostiles dentro del espacio educativo. Son la respuesta o camino más amigable y humano para evitar diagnósticos apresurados, categorías rígidas que, como sabemos, solo generan falsas identidades, negando las manifestaciones tan diversas de las infancias.

Para finalizar, los invito a entender la diferencia como un espacio que aloja mil mundos, llenos de creatividad y potencial, pero, sobre todo, de la sensibilidad y fragilidad necesaria para resistir y transformar. Cuando Skliar habla de esos gestos mínimos como pequeños detalles significativos, deja entre ver su gran potencial transformador, ya que tienen el poder de cambiar la realidad ajena y propia. Skliar lo describe como hospitalidad, a mí me suenan a grandeza y humanidad.

Poniendo en práctica esos gestos mínimos podríamos alojar de otra manera a las infancias durante su trayectoria educativa. Entendiendo que la diferencia es parte de cada uno de nosotros, que es más común que extraña, que está llena de sentido y, además, ser cocientes que sostenerla es un acto de valentía, y defenderla, aún más.

Nadie es normal de cerca, no existe esa categoría como tal. Lo normal siempre está definido por determinado grupo selecto, de poder, que pretende que seamos la “respuesta correcta” de la que habla Nuria Peréz (2001). La establecida por la norma, la que cabe fácilmente en la estructura social, institucional, escolar, como sea. Se forza. Se ajusta. Se rehabilita. Se educa. Se busca que la conducta se adapte, para –finalmente- formar parte de la deseada e ilusoria “normalidad”. Donde queda entonces el otro, es decir, ¿dónde queda quien verdaderamente es el otro?, ¿somos capaces de dejar ser, sentir, expresar y observar cómo es ese otro que entendemos cómo diverso? No transformarnos en esa intervención que no escucha es primordial. En esos otros que no entran en conversación, que no prestan atención a quien es cada uno, a lo que manifiesta, a lo que verdaderamente le dicen y que le hace pararse y preguntarse por eso que le dicen (Contreras, 2022).

 

Adriana Mariel Oliveira

Lic. Trabajo Social

MP N°572

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