El pasar del tiempo

El pasar del tiempo

Afortunadamente, nos llegan cuentos, poesías, narraciones, diferentes textos de escritores y escritoras de todas las edades y eso nos pone muy felices.
Dejemos que la autora se presente:
“Mi nombre es Jennifer Gisselle Eichberger, tengo 22 años y soy Profesora en Letras. Actualmente me encuentro culminando la Licenciatura en Letras. Escribo desde los 13 años, sin embargo, recién desde el año pasado comencé a presentarme en concursos, en los cuales obtuve algunos reconocimientos. Este año voy a publicar mi primera novela.”
El pasar del tiempo.
(En medio de un mar cósmico, ajeno e inconmensurable nace el tiempo).
Un reloj en la pared nos advierte de la no eternidad. Tic toc tic toc, las
manecillas no dejan de avanzar. Y aunque las veinticuatro horas de todos los días parezcan repetirse, ya tenemos una jornada menos en nuestra lucha contra el tiempo. Notamos al tiempo en nuestras manos, rostros, piernas, acciones y pensamientos. Asimismo, en los objetos inanimados, rodeando nuestra vida cotidiana. Observamos el paso del tiempo en un electrodoméstico dejando de funcionar, en unas hojas manchadas, en las paredes agrietadas. Todas nuestras relaciones están compuestas del elemento más importante de la vida: el tiempo. El tiempo limitado y expectante de nuestra estadía en la única realidad conocida desde el momento que abrimos los ojos: en un cuerpo, con un nombre, en algún intersticio del planeta tierra. La única certeza, la finitud de nuestra vida.
“Está bien. Nos vemos el viernes a las 17:00 hs en el centro” dice el último mensaje en el buzón de nuestro celular. En aquel instante, los tiempos de dos seres se funden y entrelazan. Si nos interesa la reunión de manera especial, posiblemente el resto de nuestro tiempo nos dediquemos a esperar cómo el clima denso y detenido se transforma en ligero y nos trasporta hacia ese momento. De igual forma, nos permite establecer
determinaciones entre el pasado, el presente y el futuro. Sin embargo, no fueron pocos quienes cuestionaron la impertinencia de la cronología ya que, hay tiempos como personas en el mundo. Tal vez el reloj, en todas sus formas, apareció para solucionar los problemas del establecimiento de los horarios en la rutina, pero no nos ha traído la respuesta para sucesos como el “deja vú” o la posible influencia de los hechos del futuro en el pasado.
Más revelador que la imagen acerca de nosotros mismos vista en el espejo a través del tiempo, son las visiones percibidas por medio de la evolución interior. En realidad, el traspaso hacia la vida adulta comienza en el instante de reconocemos como entes reemplazables. Cuando, a punto de subir en un medio de transporte como todos los días, para ir a trabajar o estudiar, echamos un vistazo a nuestro alrededor y nos damos cuenta de la existencia simultánea de cientos de personas. Inmersos en sus celulares, en una conversación, atentos a un apunte sobre sus manos, corriendo para
llegar pronto hasta la próxima estación, comiendo un sándwich, etc. Somos testigos de cómo todas esas vidas se encuentran allí día a día, apenas percatándose de la presencia de otras. Lo extraño no es la objetivación del resto del público, en realidad, son nuestros ojos curioseando en el ambiente. Atentos a los movimientos. Sucede algo similar cuando caminamos por la calle, ingresamos a un banco, hacemos compras en el shopping. Incluso, aunque sea inadecuado confesar, cuando nos advierten de la muerte de alguien. Nosotros seguimos habitando el tiempo, despertamos cada mañana, tomamos nuestro desayuno, nos despedimos de personas o mascotas y nos encontramos con otras, realizamos nuestras tareas, hacemos deporte, vemos una película y le damos replay. En el caos de la ciudad todos corremos; nadie desea el robo de cinco segundos de su tiempo. Apurados para no llegar tarde a una entrevista de trabajo importantísima, esquivamos tachos de basura y postes con misma agilidad que cruzamos personas y decimos que “no”, ya desde muy lejos, a una promotora ofreciéndonos un volante. Sin embargo, sólo basta tomarse unos minutos, cualquier día de la semana, y prestar
atención a las acciones para sentirnos dueños del tiempo. Como si la vida pasara más lenta y pudiéramos ver gota a gota como explotan las burbujas realizadas por el payaso de la esquina. Aún más profundo, en las líneas del rostro del hombre tras el traje, encontrar al empleado despedido de atención al público, después de diez años, tras la última crisis. Pidiendo con cada sonrisa poder llevar la comida a la mesa esa noche. En su contraste, un niño de tres años que no comprende ni de economía ni de hambre y pide a su madre el tan anhelado artilugio.
Contemptus mundi. Tal vez así sea, quizás este mundo corresponda al valle de lágrimas anticipado desde la Edad Media. No obstante, basta respirar el aire de los momentos cuando detuvimos el tiempo para aceptar que no nos queremos ir de esta vida, sin revivir o experimentar por primera vez ciertos placeres. De niña, aproximadamente entre los cinco y quince años, asistí a clases de ballet. El momento antes de una presentación era sin dudas cuando el aire se presentaba más tenso y el tiempo se volvía pesado. Mi corazón comenzaba a volar dentro del pecho como si
estuviera dispuesto a ser lanzado al igual que una flecha. El último segundo, ya posicionada en el escenario, se convertía en determinante, nada más existía. Detrás de ello el tiempo: el tiempo actual, el tiempo del ensayo, el tiempo de los pasos, el tiempo de la melodía de Wagner sonando en nuestra cabeza e indicando el siguiente accionar.
La danza es un suave pacto con el tiempo. Una vez expuesto el primer
movimiento, la corriente de los sonidos nos traslada alrededor del escenario y ya no es el pensamiento nuestra fuente. Las caras oscurecidas del público se transforman en una neblina, nuestro ser encuentra la belleza de los tules violeta volando por los giros, las puntas suben y bajan, los pasos se deslizan, los gestos entran en el personaje. Por una fracción de tiempo, oscilante entre tres y treinta minutos, nuestro cuerpo deja de
preocuparse por el correr del reloj. Incluso después de tantos años al colocarme unos auriculares con conciertos de música clásica, regreso a esos escenarios. Así como también a las clases, al pequeño equipo de música, a las barras, a los pies amoreteados, a los saltos, a los pasos que repetí incansablemente. En un abrir de ojos, me doy cuenta de mis vueltas en soledad, en la sala principal de mi hogar.
En las acciones cotidianas, hay otros momentos en los cuales nos hubiese
gustado tener un pacto con el reloj. Pedirle una tregua por unos minutos. Recomendarle descanso y abandono del colectivo que debemos alcanzar en la cuadra anterior. Mientras nosotros, en nuestro éxtasis, continuamos otorgando besos cariñosos. Nos hubiese agradado también ser su amigo para recibir advertencia del primer paso, acercarnos a ese otro antes del correr de las horas. Dejar nuestros miedos de lado, agarrar su mano, acariciar su mejilla y plantarle ese gesto en medio de los labios… tan
esperado por ambos. Pero, aunque ya es muy tarde, aceleramos nuestras acciones al ritmo del tiempo. No nos soltamos hasta recibir el apuro de las manecillas del reloj. Con una mano en el celular, para ver cómo pasan los minutos y la otra sosteniendo nuestra billetera, los abrigos o cualquier otro objeto que no queremos olvidar.
No obstante, el tiempo también les da la emoción necesaria a nuestras
relaciones. Considerar internamente que jamás volveremos a estar en ese momento ni lugar, no existirá una mejor situación para la primera vez. Cuando corremos las escaleras con unos ojos deseosos sobre nuestros jeans, imperantes a desnudarnos y descubrir juntos la sexualidad en la media hora marcada por el reloj, que parece la eternidad necesaria. Apenas al abrir la puerta, tenemos al cuerpo caliente justo enfrente de nosotros. A los segundos, unos dedos curiosos desabrochan, nerviosamente, los seis botones de la camisa azul. Con la piel aún ardiente del último beso en la parada de colectivos, y preguntándonos si lo volveremos a ver, reflexionamos sobre la ironía del tiempo.
Desde el primer al último suspiro, tenemos un tiempo que se escribe e inscribe en las marcas de nuestra piel. Cada cuerpo llega a su final con las peripecias, experiencias y placeres que su tiempo les permitió vivir. En expresiones como “me gustaría tener días de 48 horas” reconocemos la batalla perdida ante el reloj.
Cuestionamos a la Moira griega Láquesis sobre la longitud y las vueltas del destino de nuestra vida. Ella, incorruptible, nos mira desde su cueva con una expresión que dice más que cualquier palabra. Porque el tiempo no encuentra una respuesta o una razón, incluso no comprendemos la decisión de gastar nuestro tiempo en leer estas líneas o, el mío, en escribirlas.
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