El taller que transformó vidas con arte, emprendimiento y arcilla en una escuela de Itaembé Miní

El taller que transformó vidas con arte, emprendimiento y arcilla en una escuela de Itaembé Miní

Por más de una década, una docente de Posadas sostiene un espacio gratuito donde niños y niñas aprenden porcelana fría, desarrollan su creatividad y descubren que el arte también puede convertirse en una oportunidad de emprender.

Hace trece años, una idea que parecía imposible comenzó a cambiar la historia de decenas de estudiantes de la Escuela N.º 806 del barrio Itaembé Miní, en Posadas. Lo que nació como un proyecto innovador para una escuela primaria hoy es un taller que dejó huellas profundas en varias generaciones de niños y adolescentes.

La profesora Graciela, docente de Plástica desde hace más de veinte años en la institución, impulsó en 2013 la creación de un Taller de Arte en contraturno destinado a estudiantes de 5.º, 6.º y 7.º grado. El objetivo era enseñar el modelado en porcelana fría, pero también despertar el espíritu emprendedor desde la infancia.

Tras varios meses de prueba, el proyecto fue aprobado oficialmente y continúa funcionando hasta la actualidad en la biblioteca escolar, los lunes por la tarde y los miércoles por la mañana.

Desde el comienzo, el camino no fue sencillo. La realidad económica de muchas familias hacía difícil que los alumnos pudieran acceder a los materiales, por lo que, hasta hoy, la propia docente continúa aportando la mayor parte de la materia prima para que ningún niño quede afuera.

Pero el mayor desafío no fue económico. También tuvo que enfrentar prejuicios.

Durante los primeros años, muchos creían que trabajar con porcelana fría era una actividad “solo para nenas”. Esa idea comenzó a derrumbarse el día en que un alumno reunió coraje, entró a la biblioteca y preguntó con firmeza:

“¿Son aceptados también los varones en esta clase?”

Como era costumbre, la docente presentó al nuevo integrante y el grupo lo recibió con un aplauso. Sin embargo, aquella vez fue diferente. Toda la biblioteca estalló en una ovación que Graciela todavía recuerda con emoción. Lucas se convirtió en el primer “porcelanero” del taller.

Con el paso de los años llegaron más varones. Aunque siguen siendo minoría, hoy nadie cuestiona su presencia ni existen las burlas que alguna vez parecían inevitables. El arte logró derribar un estereotipo que durante mucho tiempo limitó a muchos chicos.

Actualmente, el taller es completamente gratuito y funciona con autorización de las familias, que solicitan el permiso correspondiente en la dirección de la escuela.

Allí los estudiantes aprenden técnicas de modelado aplicadas sobre madera, vidrio y metal, pero también incorporan herramientas para emprender: cómo calcular el precio de una creación, presentar un producto, elaborar series para la venta y valorar su propio trabajo.

Cada octubre exhiben con orgullo sus producciones en la Muestra Anual de las Áreas Integradas, donde muestran todo lo aprendido durante el año.

El impacto del proyecto también puede verse fuera de la escuela.

Exalumnos que hoy cursan la secundaria regresan para contar que continúan vendiendo biromes decoradas, llaveros y otros objetos que aprendieron a realizar en el taller. En otra oportunidad, una vecina mostró con orgullo los frascos de conservas decorados por su nieto, también exalumno, y aseguró que sus clientes “se los sacan de las manos”.

Son historias que confirman que el arte no solo desarrolla la creatividad, sino que también puede abrir puertas al trabajo y fortalecer la autoestima.

Cuando recorre las calles de Itaembé Miní, Graciela suele escuchar un saludo que resume el cariño de toda una comunidad.

“Chau, Plástica.”

Ya casi nadie la llama por su nombre. Para generaciones de estudiantes y familias, ella es simplemente “Plástica”, un reconocimiento que refleja el lugar que ocupa en la memoria afectiva del barrio.

Además de su tarea docente, Graciela desarrolla su faceta como ceramista. Trabaja principalmente con ña’ú, la arcilla característica de Misiones, moldeando cada pieza únicamente con sus manos, sin moldes ni torno.

Con ese material crea bebederos para aves, macetas colgantes, tutores para plantas, figuras ornamentales y distintas piezas inspiradas en la naturaleza y la identidad misionera. También utiliza arcillas blancas para elaborar utensilios de cocina y objetos decorativos.

Entre la enseñanza y la cerámica, entre la escuela y el taller, su trabajo demuestra que educar también es sembrar oportunidades. Porque algunas huellas no hacen ruido, pero permanecen para siempre en quienes las reciben.

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