Pensar la salud en pandemia: Niñas, niños y adolescentes

Pensar la salud en pandemia: Niñas, niños y adolescentes

Te traemos un nuevo texto desde el Forum de Infancias Misiones para que lo disfrutes:

PENSAR LA SALUD EN PANDEMIA: NIÑAS, NIÑOS Y ADOLESCENTES 

La crisis multimodal inédita provocada por el Covid-19 no fue indiferente a ningún espacio en el mundo, las medidas y condiciones sanitarias afectaron dimensiones sociales esenciales como la laboral, económica, social, educativa y repercutió en algunos hogares más que en otros, pero ha dejado consecuencias en todos.

Este breve escrito pretende socializar algunas experiencias sobre las singularidades emergidas en período de pandemia en espacios profesionales de atención de la salud, también algunos interrogantes vinculados a las problemáticas en las infancias y adolescencias en contextos extraordinarios.

El inicio de 2020 transcurrió con gran incertidumbre y algunas pocas herramientas para abordar las situaciones vinculadas a la atención de la salud. Si bien la tecnología ya tenía un lugar ponderado como herramienta y como medio de comunicación, en esta coyuntura se intensificó el uso e implementación, estableciéndose definitivamente como una necesidad básica, indispensable. La complejidad que suponía este escenario reveló la urgencia por aggiornar abruptamente los espacios que, hasta entonces, estaban preestablecidos.

De la misma manera que las aplicaciones, interfaces y plataformas se multiplicaron u optimizaron junto a los soportes tecnológicos para responder a la condición de distanciamiento social, los espacios cotidianos y laborales se actualizaron y, consecuentemente, los hábitos, es decir, las formas de habitar y utilizar las herramientas del entorno. Estas actualizaciones transversales se impusieron con urgencia, exigiendo resolver problemas de manera espontánea, inicialmente no planificada.

Los cambios de modalidades y metodologías fueron protagonistas en los primeros meses de crisis sanitaria. Todo apuntaba a la creación inmediata de nuevas alternativas para afrontar este contexto, sin dejar de atender la demanda creciente en este campo de intervención.

Desde el sector de la atención y asistencia prestacional en el área de la salud se observó un aumento de diagnósticos y manifestaciones físicas de malestares en niños/as y adolescentes conforme pasaban los primeros meses del año 2020, incrementándose todavía más durante el 2021.

La incidencia de los diversos aspectos que todavía tiene la pandemia parece haber generado un crecimiento o, por lo menos, una acentuación de malestares, emociones, sentimientos o dolores en cuadros de salud. La indicación de medicación para abordar determinadas conductas –y estados anímicos–, así como los cambios en esas prescripciones modificando las dosis habituales, se han convertido en algo corriente. Los efectos de la pandemia en los niños, niñas y sus familias se manifestaron, se hicieron cuerpo y, con suerte, palabra. Frente a ello, algunos profesionales ajustaban los esquemas de tratamientos, aumentando sesiones, evaluaciones, derivaciones y más evaluaciones con vistas a nuevas terapéuticas.

El confinamiento como medida preventiva resultó un factor determinante en estas nuevas maneras de estar, en algunos casos se convirtió en una amenaza, en un fenómeno adverso que produjo un impacto sociofamiliar y psicosocial en muchos niños, niñas y adolescentes. Se exacerbaron síntomas en sujetos que contaban con un diagnóstico previo a la pandemia y aparecieron repentinamente síntomas sobre otros que no habían tenido problemas hasta entonces. Estas reacciones en los cuerpos, comportamientos, etcétera, ¿son manifestaciones de las nuevas condiciones que afectan a la salud?, ¿Cuál es la relación existente entre ellas?, ¿Cómo suceden? Muchos estados emocionales o sentimientos comunes emergieron con mayor fuerza en determinadas condiciones que se prolongaron e intensificaron por períodos.

Fue notoria la cantidad de familias que han tramitado el certificado único de discapacidad (CUD), posiblemente ante el incremento de terapias o sesiones, estudios, consultas médicas y lo que esto implica económicamente, los tutores se vieron forzados a realizarlo. El CUD es el resultado de una construcción dada por el agenciamiento entre disciplinas, instituciones estatales, farmacéuticas y centros especializados de tratamientos. Es la marca de saberes plasmados en un documento, es la acreditación de la existencia y vigencia certificada de un poder estatal y científico que “formaliza” la condición de un sujeto.

Durante este período muchos padres comenzaron a observar regresiones en tratamientos e involuciones en procesos.  Quienes estaban progresando en sus terapias se detuvieron, en otros niños y niñas emergieron indicadores de “trastornos” o conductas problemáticas “que antes no tenían”. La alteración de los tiempos de tratamientos en marcha y las medidas sanitarias posiblemente agudizaron la mirada sobre lo ya existente, pero que ahora implica mayor atención.

¿Qué relación existe entre este incremento sintomático y las condiciones de aislamiento? En este periodo de readecuación de la vida cotidiana y laboral, en ese umbral que se produjo con las medidas sanitarias por pandemia (espontáneas, casi improvisadas y no siempre apropiadas para las familias), ¿es posible que algunos de estos síntomas o malestares no hayan sido precisamente diagnosticados por el desborde de los procedimientos regulares en condiciones de emergencia y reorganización de los mecanismos?

Pareciera que las lógicas tradicionales de construcción de determinados criterios disciplinarios para identificar lo común o lo esperable y lo que no lo es, sobre la niñez, se han intensificado, casi espontáneamente se evidencian cuadros emocionales esperables o comunes en contextos atípicos, pero quizá descontextualizados de las condiciones extraordinarias en las que se producen. Muchos de los síntomas tomados en cuenta para diagnosticar podrían estar respondiendo a factores referidos al contexto sociofamiliar, al distanciamiento de pares, afectos, a duelos, miedos, pérdida de espacios lúdicos y otros factores referidos al lazo social.

La salud, en su concepción más convencional enunciada por la organización mundial de la salud (OMS), refiere a un estado de pleno bienestar físico, mental y social, no lo entiende solamente como la ausencia de afecciones o enfermedades. Es un estado que se produce y reproduce según cada época, atravesado por fuerzas de distinta índole que le dan forma, que la caracterizan en cada momento. Es un proceso social complejo articulado con fenómenos culturales, económicos, políticos, históricos e ideológicos. La salud no se reduce a una perspectiva biologicista y mecánica, en calidad de organismo que enferma y cuerpo disfuncional, es necesario comprender que lo que enferma no es solamente un individuo biológico, sino un sujeto que padece y siente en contexto sociocultural. La salud, entonces, es también recrearse, construir vínculos que la potencien, es fortalecer los lazos en la comunidad, es decidir, es ser parte.

Para finalizar, se considera importante no dejar de ejercitar la vigilancia epistemológica y ética de las propias prácticas dentro de cualquier disciplina o institución en el marco de la atención de la salud. Los agentes insertos en el sistema muchas veces aportan a la reproducción de diagnósticos –en ocasiones, apresurados– en niños y adolescentes abordando dolencias desde un único lugar, adormeciendo y controlando manifestaciones necesarias y saludables en determinado contexto. ¿De qué manera se vela por los derechos de niñas, niños y adolescentes a través de la intervención profesional en salud? ¿Es posible salir de esta lógica de funcionamiento tan arraigada al imaginario social de la salud? La misma que, muchas veces, indica casi de manera automatizada esquemas de tratamientos para “casos” y no para personas.

La esfera por excelencia para cambiar de manera cotidiana representaciones, es la cultura. Es necesario quizá, modificar las representaciones impuestas por sectores que pretenden mantener un determinado orden social, instalando una mirada del mundo que naturaliza las formas de dominación vigentes. Este modo de ver la realidad, fragmenta, deshumaniza, cosifica, tanto a las personas destinatarias de la atención como a los profesionales. Convierte a las personas en órganos, les quita identidad y pertenencia, alienando las prácticas profesionales, burocratizándolas y restando sensibilidad a los procesos vitales que deben ser atendidos, sobre todo en infancias y adolescencias.

 

 

Adriana Mariel Oliveira

Lic. Trabajo Social

MP N°572

¡Compartí esta nota!

¡Comentá la nota!

Seguinos en @dossierprisma