Cerrojo

Cerrojo

Continuamos difundiendo autores misioneros. Hoy: CERROJO
por María Belén Silva
El gran armario con una decena de gavetas parecía tener solo una. Hasta cuando el sol se colaba por entre las cortinas de la habitación daba la impresión de apuntar como con un reflejo divino únicamente ese cajón. El del cerrojo. Carece de importancia si todas las demás gavetas esconden grandes tesoros, los ojos quieren asomarse a la que se ufana de cerradura y secreto. La segunda mitad del día era de singular obsesión, cuando Sara se iba al trabajo. Porque ahí, en esas horas, Lautaro se quedaba solo. En la casa, solo él y el cajón del cerrojo. La intimidad no es algo que él considere posible de violar en Sara, la respeta demasiado como para permitir que su capricho socave una de las relaciones más importantes de su vida. Entre deberes, Lautaro intenta no pensar demasiado en la gaveta, pero entonces su mente que recae en la contemplación y reconstruye la llavecita que cuelga celosamente de uno de los cierres de la cartera de Sara. Por dimensiones debe ser la llave de esa gaveta. La que durante años lo persiguió con la diligencia de la curiosidad, pero que en las últimas semanas ha llegado a causarle verdadero desasosiego, sin saber exactamente porqué. Entonces las construcciones mentales, la creación de trayectorias y asociaciones entre acciones, sonidos y reflejos vistos, llevaron a Lautaro a notar que las únicas veces que Sara abre aquel cajón, son los días en que llega el correo, cerrándolo de nuevo en pocos instantes. Alguna vez en la mesa, mientras compartían alguna comida, Lautaro lanzó alguna broma desesperada, alusiva a la misteriosa gaveta, con la intención de que alguna pista adicional se desprendiera de los labios de Sara, sobre lo que habita en aquel pequeño rectángulo cerrado. Una noche calurosa de noviembre, mientras Lautaro ayudaba a llevar los platos de la cocina al comedor, Sara dio el anuncio: se ausentaría de la casa durante dos días, quizá tres. El motivo: una conferencia en La Plata. La gaveta del cerrojo pareció estrellarse contra la frente de él cuando escuchó la noticia. Por motivos que algún obsesionado como él llamaría “señales” el universo lo dejaría a solas, dos días, quizá tres, con la casa en forma de cajón caoba. Toleró el trayecto del primer día con admirable compostura. Se las arregló para mantener la mente ocupada, visitó amigos y paseó en bicicleta por caminos que pasaron de gris asfalto a caoba y dorado cerrojo. El segundo día todos los elementos de la casa se ofrecían como herramienta de acceso al cerrojo, puntas pequeñas de cuchillos, horquillas sobre la mesa de luz, clips desparramados en el escritorio, coloridos. El superpoder más anhelado era el de convertirse en MacGyver.
Desde que la vio a los ojos por primera vez, se convenció de que no hay secretos entre ellos, de que ella sería incapaz de ocultarle algo importante, pero qué sino algo importante requeriría de un cerrojo cuya llave ha sido durante años inaccesible. El destornillador penetró tembloroso en la cerradura… las manos que lo comandaban sudaban atemorizadas y con vergüenza por lo vil de esos minutos. No hizo más que dañar el mecanismo presto de la reserva. No podía pensarse más disoluto e incapaz de retroceder ahora. Un destornillador plano, más grande, grande palanca, que rompa con el secreto de años de una vez por todas. En algún momento llegó a reírse de sí mismo imaginando un espacio completamente vacío. Crujía la madera gritando como quién pide ayuda, ya era demasiado tarde. Minutos después, el cuadro del horror, Lautaro tumbado en el piso, llora con las manos contra la cara, las manos que forzaron el ingreso de una nueva realidad. Cartas, fechas antiguas y actuales, el nombre de un hombre en el remitente, un romance, un romance paralelo de años, un secreto de dos. La mentira. Sara, la mentirosa. Sara, lo imperdonable. Sara… verduga de su inocencia. Nunca sus ojos recorrieron palabras con tanta prisa y dolor. Lautaro, azorado, trata de comprender como aceptará con 17 años, que el hombre que lo crió, que jugó con él al fútbol, que le enseñó los trucos con las chicas. Ese hombre que coincidentemente también se encuentra en un viaje por trabajo. Ese hombre no es su papá.
Más Info:
BIOGRAFIA
Belén Silva nació un 26 de agosto del 89 en Bella Vista Corrientes, desde sus seis años se asentó con su familia en Misiones. Comenzó a escribir desde su infancia, comenzando por artículos para blogs y periódicos para luego en 2016 publicar su poemario “Pasiones Reveladas”. Publicó cuentos en la Antología Dunken “Voces Cruzadas” (2018) y en la “Revista de los Escritores Misioneros” (sadem 2017/2018). En 2009 ofreció un taller de
escritura denominado “Summer Writing Workshop”. Fue secretaria de la Sociedad Argentina de Escritores filial Misiones y actualmente es Presidente de dicha institución. El diseño gráfico y la fotografía son otras de sus aficiones.
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