“El oír de las semillas”

“El oír de las semillas”

“El oír de las semillas”

Como la mayoría de las cosas más bellas que conocí, cuando llegué al mundo ya
estaban allí y de alguna manera, era inevitable resistirse al impulso de indagar sobre
sus orígenes.
Saciar la curiosidad, hoy en día, está al alcance de la mano… pero no para todos.
Me refiero, principalmente, a los más pequeños, que cuando tienen una duda no
recurren a internet, sino a sus padres o abuelos.
Vi repetirse la misma escena por lo menos una docena de veces: niños
acompañados por sus padres que, al llegar al predio, hacían una breve pausa y
luego de agacharse a recoger una semilla, la examinaban con curiosidad —algunos
sacudiéndola como si se tratara de un sonajero, otros llevándola instintivamente a
sus oídos, como si emularan una nueva oreja—.
La pregunta era recurrente: —Papá, ¿qué es esto?
El club contuvo y formó a innumerables niños y jóvenes. Hubo planteles que
quedaron en la memoria y jugadores que dejaron su huella, incluso después de su
retiro, colaborando en las inferiores o como parte del cuerpo técnico. La
estruendosa popular se hace llamar “El Verde Loco”, y sus hinchas alientan
incansable e incondicionalmente al equipo de sus amores en cada cita futbolera. La
pertenencia, ese vínculo indisoluble con el club, comienza desde muy pequeño y se
manifiesta en ese tierno ritual de preguntarse antes de entrar a la cancha:
—¿Qué es esto? —
Y la invariable respuesta que ilumina los ojos de cada niño: —Una semilla. —
No nací en este municipio, así que di con el meollo de la cuestión gracias a las
indagaciones de mi hijo, y al ritual de la semilla, porque todo comenzó frente a la
cancha. Esa tarde, además de la respuesta habitual, pude transmitirle a grandes
rasgos algunas peculiaridades del árbol. Le dije: —Su madera es muy liviana y solía
utilizarse para la construcción de canoas. Su corteza es curtiente —es decir,
contiene taninos que permiten transformar pieles en cuero— de sus raíces se
extraía jabón, y de sus frutos, tinta negra… Como habíamos llegado sobre la hora al
entrenamiento, tuve la suerte de mantenerme a resguardo de su lluvia de preguntas,
ya que entró raudo y veloz a la cancha.
Otro día, estacioné como todas las tardes frente a la plaza, para esperarlo a la
salida de la escuela. Apenas subió al auto, cerró de un portazo y, sin siquiera
saludarme, comenzó:
—¡La maestra me contó la leyenda!:
“Se dice que un cacique guaraní tenía una hija muy hermosa que se enamoró del
jefe de una tribu lejana y huyó con él a sus dominios. Desconsolado, su padre salió
a buscarla, preguntando a todos por su hija, pero nadie supo darle respuesta.

Desesperado, pego su oído a la tierra para escuchar los pasos de su retoño.
Pasaron muchos días hasta que la muerte lo sorprendió. Y dicen que quien lo
encontró intentó levantarlo, pero el cacique había quedado pegado al suelo, porque
sus orejas habían echado raíces, dando origen al árbol.”
Ya no había retorno: el árbol se había convertido en una obsesión. Incluso llegué a
soñar con las orejas del cacique enraizadas a la tierra, atravesando y envolviendo
todo a mi alrededor con sus tenaces tentáculos de savia. Me vi huyendo sigiloso, en
puntas de pie, tomado de la mano de la bellísima doncella, con el terror
indescriptible de ser escuchado a cada paso por esas enormes orejas pegadas a la
tierra. Oía ininteligibles lamentaciones en guaraní y sentía que las sábanas me
estrujaban como si las mismas raíces me envolvieran… ¡Hasta que por fin
despertaba!
Sentía un llamado desdelo más profundo de mi conciencia. Y, por supuesto, a
medida que pasaba el tiempo y mi hijo se iba ambientando cada vez más a las
formativas del club, yo me iba haciendo más hincha. Es decir, un verdadero
converso.
No fue hasta varios años después de haber llegado a la ciudad que me enteré —
gracias a un docente— que un árbol de la misma especie, se había constituido en
uno de los mojones fundacionales del pueblo, además de haber sido punto de
encuentro de toda la comunidad. Aquel árbol icónico, según se rumorea, fue talado
por un hincha de otro club, quien alegó que, por su altura y proximidad con la Ruta
12, representaba un potencial peligro para los transeúntes.
Uno de esos días en que fui a buscar a mi hijo más temprano de lo habitual, me
senté a esperarlo en un banco de la Plaza Colón. Junto a mí se sentó un señor de
avanzada edad, que luego supe, fue uno de los pioneros. Entre una cosa y otra,
comenzamos a conversar sobre el árbol que nos amparaba del sol. Su relato me
dejó atónito:
—Este árbol es un retoño del gigante original, nuestro antiguo hito, y fue
trasplantado aquí. Sobrevivió a una época remota, es decir, a nuestros orígenes
como pueblo. —
Cuando mi hijo llegó, el hombre preguntó: —¿Es tu semillita?
— Sonriendo, respondí: —Sí. Y es hincha de Timbó. —

Referencias: Timbó (Enterolobium contortisiliquum), especie nativa, monumento
natural y símbolo de identidad de la localidad de Jardín América, Misiones.

Autor: Ariel Kusiak

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