Defender los libros es defender el derecho a que alguien escriba su primera historia

Defender los libros es defender el derecho a que alguien escriba su primera historia

Por Laura Montenegro

Directora Editorial de Revista Prisma – Promotora de la lectura

Desde hace más de veinte años trabajo con una convicción que nunca cambió: un libro puede cambiar una vida.

No escribo esta columna porque un tema esté de moda ni porque ocupe un cargo dentro de una institución. La escribo porque sería incoherente guardar silencio después de haber dedicado gran parte de mi vida a promover la lectura, acompañar a nuevos escritores y crear espacios donde niños, niñas y adolescentes descubrieran que sus palabras también tienen valor.

Como directora editorial de una revista destinada a las infancias (justo ahora se viene el mes de la infancia) y adolescencias de Misiones, elegí desde el primer día publicar cuentos, poemas, crónicas y reflexiones escritas por chicos, chicas, docentes y escritores. Lo hice porque siempre creí que la lectura y la escritura no son un privilegio de unos pocos, sino un derecho que debe construirse desde la niñez. Vi cómo muchos perdieron el miedo a escribir porque alguien les abrió una puerta. Vi cómo otros descubrieron que su voz también merecía ser leída.

Ese compromiso no quedó solamente en las páginas de una revista. Durante más de veinte años impulsé actividades de promoción de la lectura, participé en ferias del libro y, solo este año, tuve el enorme privilegio de brindar tres talleres de escritura y lectura para niños y adolescentes en la Feria del Libro de Posadas. En cada encuentro confirmé algo que jamás dejó de emocionarme: talento hay de sobra. Lo que muchas veces faltan son oportunidades para que esas voces sean escuchadas.

También escribo desde mi experiencia como docente. Durante años trabajé con libros dentro del aula y en las bibliotecas. Vi cómo un cuento despertaba el interés de un adolescente que jamás había terminado una lectura completa. Vi cómo una novela podía convertirse en el punto de partida para que un estudiante escribiera su propio relato. Esas experiencias no se reemplazan con discursos sobre la importancia de leer; necesitan libros disponibles, bibliotecas abiertas y mediadores de lectura comprometidos.

En los últimos años, además, muchos docentes vimos modificarse las políticas nacionales de distribución de libros y promoción de la lectura. Los programas cambiaron de orientación y dejaron de tener la misma presencia que habían alcanzado en otras etapas, cuando las escuelas recibían libros para fortalecer las bibliotecas escolares y acercar la lectura a miles de estudiantes. Hoy el desafío sigue siendo enorme: garantizar que cada niño y cada adolescente pueda encontrarse con un libro, viva donde viva.

Por eso me preocupa que ahora también se debatan cambios que, según advierten escritores, libreros, editores y gran parte del sector editorial, podrían debilitar aún más el ecosistema del libro. Me refiero al proyecto del Gobierno Nacional que propone derogar la Ley 25.542 de Defensa de la Actividad Librera y modificar aspectos de la Ley 25.446 de Fomento del Libro y la Lectura.

Una biblioteca no es un depósito de libros. Es un espacio de igualdad. Es el lugar donde un chico que no puede comprar un libro tiene exactamente el mismo derecho a leer que quien puede tener una biblioteca completa en su casa.

Del mismo modo, un librero no es solamente alguien que vende libros. Es un mediador cultural. Es quien conoce a sus lectores, recomienda autores nuevos, organiza presentaciones, acompaña a las escuelas y mantiene viva la actividad cultural de una comunidad.

Defender a las bibliotecas y a los libreros no es defender un comercio. Es defender el acceso al conocimiento, a la cultura y a la igualdad de oportunidades.

Como docente, promotora de la lectura y directora editorial de una revista que desde hace años publica textos escritos por niños y adolescentes, no puedo permanecer indiferente. Si les pedimos a nuestros estudiantes que lean, que escriban y que sueñen con publicar algún día, también tenemos la obligación de cuidar los espacios que hacen posible ese sueño.

Porque un escritor no nace el día que publica su primer libro. Empieza a nacer cuando una maestra le presta una novela, cuando una biblioteca le abre sus puertas, cuando un librero le recomienda una historia o cuando alguien le dice que lo que escribió merece ser leído.

Esa misma convicción fue la que me llevó, hace apenas unos meses, a aceptar el desafío de ser candidata a la presidencia de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) Filial Misiones. Mi propuesta no se basó únicamente en administrar una institución. Se basó en defender a los escritores, fortalecer la lectura, acompañar a los autores de toda la provincia, acercar la literatura a las escuelas, generar más oportunidades para los jóvenes y construir una SADE abierta, federal y comprometida con quienes escriben.

La elección terminó y la democracia habló. Respeto profundamente ese resultado. Pero las convicciones no terminan cuando termina una campaña. Al contrario, se ponen a prueba cuando ya no hay cargos en juego.

Por eso hoy siento la obligación ética de expresar mi preocupación. No lo hago por interés personal ni por nostalgia. Lo hago porque sería contradictorio haber dedicado más de veinte años a formar lectores, acompañar escritores y defender el derecho de niños y adolescentes a leer y escribir, para luego guardar silencio frente a una discusión que puede tener consecuencias sobre todo ese recorrido.

Defender los libros también significa defender a los niños que hoy descubren el placer de la lectura, a los adolescentes que escriben sus primeros textos, a los docentes que forman lectores, a las bibliotecas que democratizan el acceso al conocimiento, a las editoriales que apuestan por autores desconocidos, a los libreros que sostienen la vida cultural de nuestras ciudades y, sobre todo, a los escritores que todavía esperan escuchar por primera vez una frase capaz de cambiarles la vida:

“Queremos publicar tu libro”.

Ser coherente también significa levantar la voz cuando aquello que uno defendió durante años necesita ser defendido nuevamente.

Porque defender los libros, en definitiva, es defender a las personas que todavía no saben que algún día escribirán uno.

 

No importa si sos escritor, docente, bibliotecario, librero, estudiante, mamá, papá o simplemente un lector. Si alguna vez un libro cambió tu vida, este debate también es tuyo. Te invito a que nos sumemos a defender la lectura, porque cuando defendemos un libro, también defendemos el derecho de las próximas generaciones a imaginar un futuro mejor.

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