En la fila donde el monte también recuerda
En Misiones, el monte, los ríos y las antiguas creencias forman parte de una memoria que todavía se cuela en muchas historias. A veces, lo cotidiano y lo sobrenatural se encuentran en lugares inesperados y convierten un viaje común en una experiencia inquietante.
En este cuento inédito, Orlando Javier Chamorro nos lleva hasta una de las zonas más reconocibles de la provincia para construir un relato de terror atravesado por el calor de enero, una interminable fila de vehículos, los recuerdos de infancia y esas historias del monte que algunos consideran apenas leyendas.
“En la fila” formará parte de una próxima obra de cuentos breves de terror del autor.
En la fila
—¡La puta madre! —Raúl Gómez no pudo contener el grito al toparse con la triple fila de automóviles que esperaban trasponer el puente, inclusive la habilitada para los remises estaba saturada. Se arrepintió de haber tomado el pedido de unos turistas de llevarlos al Paraguay en tour de compras, pero necesitaba el dinero, ahora regresaba en soledad a Puerto Iguazú.
Intentó colarse en contra mano, pero, el flujo de autos y micros que se dirigían al Brasil no se interrumpía; optó por colocar su auto detrás de un minibús mientras la fila seguía extendiéndose rápidamente hacia la cabecera del puente.
El sol de enero se abatía implacable ese mediodía sobre toda la región: — excelente para la caza, solo hay que esperar que se acerquen a los charcos a lamer la sal y tomar agua…, pero no para estar acá, mierda —pensó en voz alta, Gómez.
Ser remisero no era su única actividad, había otra más oscura y clandestina: cazador furtivo. A la madrugada de ese día había abandonado el monte por un compromiso previo con un colega taxista que había contraído una gripe muy severa. Era dinero seguro que cobraría del pasaje, más las comisiones de los locales que vendían electrónica, en Ciudad del Este.
—“Tendría que haberme quedado con los porteños, ¿para qué mierda volví? encima este calor ya…,”
—¡Señor cazador! ¿me compra agüita? —Una voz aguda interrumpió sus pensamientos. Allí estaba el niño desnudo.
—¿Qué…qué mierda es…?, —ya lo había cruzado como a 200 metros atrás antes de llegar al puente, pero ahora lo tenía en frente —, “¿cómo es posible? ¿acaso son dos? ¿serían gemelos?” —pensó.
El sol de enero hacia reverberar la cinta asfáltica mientras proyectaba la sombra del puente sobre las apacibles aguas del río Iguazú, allá abajo. De cabellera larga y rubia, delgado en extremo, no poseía vestimenta alguna que lo cubriera, pero, lo más sorprendente era que estaba descalzo, sin que pareciera afectarle la temperatura del asfalto. Gómez calculó que tendría unos 6 años de edad.
—¿Escuché mal? ¿Me dijo cazador? —, se bajó para increparlo, pero el pequeño había desaparecido.
La fila de automóviles comenzó a moverse. Parado en el medio del tránsito, dedujo que el cansancio le estaba jugando en contra. Algunos choferes impacientes hicieron sonar sus bocinas. Confundido y maldiciendo a viva voz, ingresó al auto; se adelantó justo antes de que otro conductor le robase el espacio.
Miraba a uno y otro lado; le parecía que todos lo observaban y…ese niño ¿era real? ¿o solo un producto de su mente cansada?
Bajó los cristales de las puertas y apagó el aire acondicionado que a esas horas ya era inútil. Apoyó su cabeza contra el volante, tal vez si dormitaba por unos minutos todo estaría bien…, solo un poco porque…, —ji ji jii, —la sonrisa hizo que se le congelara la sangre—, hola, Raúl cazador —allí, sentado sobre el capó, estaba el pequeño mirándolo fijamente.
El hombre horrorizado hacía un enorme esfuerzo por recordar donde había visto esos ojos…, ojos que taladraban; fríos como el hielo…esos ojos.
Con siete años de edad Raúl era un experto armando simbras o trampa hecha de rama flexible y resistente a la tensión, en donde ataba una cuerda en un extremo y en el otro, armaba un lazo en cuyo centro colocaba el cebo, granos de maíz, por lo general.
En las afueras de la ciudad de Andresito, la chacra de sus padres bordeaba el parque nacional, y, estas trampas que rompían las vértebras de las palomas causaban un placer enfermizo en el pequeño Raúl: se quedaba mirando los ojos de sus presas por varios minutos; esto le fascinaba.
En una ocasión, un pequeño búho caburé i había caído en la trampa, parecía estar muerto, su cuerpo, enlazado por el cuello, se balanceaba inerte, pero cuando quiso liberarlo, el ave atacó su mano.
“Nunca vayas a cazar un caburé i, menos matarlo, ellos tienen el espíritu del monte adentro”. El consejo que su abuelo le daba siempre, estalló como un cartel luminoso en su mente, “tampoco tientes al Yasí Yateré, porque…,”
—No…, ¡vos no existís! ¡Eran pura pavadas del viejo ese! —Gritó. Las personas a su costado lo miraron sorprendidos.
La sensación térmica rondaba los 45 grados, pero Raúl comenzó a sentir un frio glacial.
—ji, ji, los viejos y sus creencias ¿eh? Te burlaste de sus consejos y de mí…, ¡muchas veces! —El olor a monte copó sus sentidos. Ahora el niño rubio estaba al lado suyo. Tenía la piel áspera y traslucida. Raúl podía ver las venas a través de ella, era como un mapa antiguo con ríos oscuros que se cruzaban entre sí.
—Es la hora, hora de pagar, pagar…, ¡pagaaarrr! —El chillido fue como un golpe de martillo en sus tímpanos. Abrió la puerta y comenzó a correr entre los automóviles.
—¡Basta! ¿Qué querés?
—Tu alma, ¡quiero tu sucia alma, cazador! —el niño lo perseguía saltando o revoloteando sobre los techos de los autos; porque de repente tenía alas en vez de brazos.
—¡Auxilio! ¡Ayúdenme! ¡Por favor!
El hombre se aferraba con desesperación a cualquiera que se encontrase afuera de su automóvil, pero lo apartaban a golpes. Trataba de abrir las puertas hasta que logró meterse en una camioneta haciendo que sus dueños huyeran asustados por ese remisero que había enloquecido. Cerró y trabó todas las puertas con la esperanza de que todo fuera un mal sueño y se despertara en cualquier momento.
Se quedó recostado en el asiento del acompañante; su corazón latía a un ritmo frenético. No comprendía porque las personas no lo ayudaban, ¿acaso no veían a…, a aquella cosa…, acaso…?
—Nadie va a ayudarte cazador. Paga, ¡paga ya! —El hombre sintió un aliento agrio. Volteó la cabeza y ¡allí estaban! ¡esos ojos!
Regresó al asfalto; ya no soportaba tanto miedo. Se detuvo en el medio del puente y caminó decidido hacia las barandas de contención; no escuchaba los gritos ni las advertencias de los transeúntes que se habían congregado por detrás y a los costados de su posición;
No tuvo problemas para transponer los pasamanos y quedar balanceándose en el borde mismo de la estructura.
Miró el cielo por última vez y luego giró hacia la multitud; los celulares no dejaban de fotografiarlo y filmarlo. El niño desnudo estaba parado enfrente de todos, pero nadie, fuera de él, parecía notarlo.
Raúl Gómez no lo soportó más y se arrojó al vacío. Su vida no pasó delante de sus ojos durante la caída desde los setenta metros de altura, pero, pudo recordar, en el segundo previo a impactar contra el agua, donde había visto esos ojos: eran los del búho caburé i justo después de que él le arrancara la cabeza por haber atacado su mano, hace mucho tiempo atrás.
Ninguno de los que presenciaron el suicidio de Raúl Gómez prestó atención a la diminuta ave que revoloteaba sobre el puente, ni a su particular silbido. Luego de unos segundos se perdió entre los árboles que flanqueaban al río Iguazú.
Orlando Javier Chamorro-
Inédito.