Mis creencias de infancia marcaron mi manera de ver el mundo

Mis creencias de infancia marcaron mi manera de ver el mundo

Hay recuerdos que sobreviven al paso del tiempo porque quedaron ligados a las primeras preguntas, a los miedos de la infancia y a esas certezas que alguna vez parecían indiscutibles.

“Creía y crecía”, escrito por Claudio Antonioli, es una sucesión de recuerdos, creencias y escenas de infancia atravesadas por la familia, el pueblo, las costumbres y las primeras formas de entender el mundo. Desde Concepción de la Sierra, Misiones, hasta Buenos Aires, el texto recupera una mirada íntima sobre aquello que se creyó de niño y aquello que, con los años, cambió de significado.

Compartimos este texto con nuestros lectores como parte de ese espacio que Revista Prisma abre a quienes tienen una historia para contar y desean compartirla a través de la palabra.

Crecía y creía.

Creía que si se me caía un pedacito de pan, había que besarlo para que

no se lo comiera el diablo.

Creía que si caminaba hacia atrás, se moría mi madre.

Creía que los maestros y profesores sabían los libros enteros.

Creía que Perón iba a transformar para siempre la Argentina.

Creía que mi papá había tragado un sapo y que los tenía en cada bíceps

cuando se hinchaban.

Creía que alguna vez iba a poder ser mejor.

Creía que comer sandía te impedía ir al agua.

Creía que las mujeres no podían bañarse con la regla.

Creía que Concepción de la Sierra era un lugar paradisíaco por sus

noches frescas y los atardeceres rojizos.

Creía que no había en ningún lugar del mundo tanta vegetación.

Creía que mi mamá y mi papá iban a vivir siempre.

Creía que los sapos me podían dejar ciego.

Creía que no podíamos tener teléfono.

Creía que no había que dudar de nada de lo que había.

Creía que ese pasado era desconcertantemente presente y sin final.

Creía que era un chico sin fin, como decía mi mamá.

Creía que comer huevos hacía mal al hígado.

Creía que me iba a poder leer todos los libros.

Creía que iba a ser brillante y recordado.

Creía que mi papá era nuestro y de nadie más.

Creía que los cables viejos y pelados no podían electrocutarme.

Creía que dar era la forma en que se debía vivir.

Creía que todo iba a pasar, y no pasó y no pasa.

Creía en la mujer que se había ahorcado cerca del portón, que aún me

esperaba para asustarme.

Creía que en Buenos Aires no se podía vivir, que solamente vivían ahí

los que ya estaban, que no entrábamos más.

Creía en una mano saliendo del pozo inútil de mi casa, donde mi papá

había puesto un guante como saliendo para asustarnos; creía en él y en

el guante.

Creía que las Tres Marías eran los tres Reyes Magos, casi un anuncio

de mi género: unas estrellas que eran unos hombres que miraban mi

conducta para premiarla o no.

Creía que mi tocadiscos era único.

Creía que tenía todos los derechos cuando no conocía ninguno.

Creía que mi papá me iba a salvar, y lo sigo esperando.–No soy un escritor, pero tengo ganas de contar. Les pido que lean y, si les resulta publicable, lo hagan.

Soy de Concepción de la Sierra, Misiones, y vivo en Buenos Aires hace muchos años.

“Crecía y creía.”, forma parte de una serie de fragmentos sobre mi pueblo, mi familia y lo que creía de chico.

¡Compartí esta nota!

¡Comentá la nota!

Seguinos en @dossierprisma