Cuando desaparecen los libros también empieza a desaparecer el futur
Hay decisiones que parecen afectar solo a un grupo de personas, pero en realidad terminan alcanzándonos a todos.
En estos días se habla de un proyecto para derogar la Ley 25.542 de Defensa de la Actividad Librera y modificar la Ley 25.446 de Fomento del Libro y la Lectura. Quizás, al leer esos números, muchos adolescentes piensen: “Eso no tiene nada que ver conmigo”. Sin embargo, sí tiene mucho que ver. Porque detrás de cada libro que llega a una biblioteca, una escuela o una librería de barrio existe una enorme cadena de personas que trabaja para que esa historia llegue a tus manos.
Un libro no aparece por arte de magia.
Primero hay alguien que se anima a escribirlo. Después otra persona lo corrige, alguien diseña la tapa, un ilustrador crea las imágenes, una editorial apuesta por publicarlo, una imprenta lo fabrica, un distribuidor lo lleva por todo el país y un librero lo recomienda a quien entra buscando una buena historia. Finalmente, una biblioteca o una escuela lo acerca a quienes, muchas veces, no podrían comprarlo.
Si uno de esos eslabones se rompe, toda la cadena empieza a debilitarse.
La Ley 25.542 existe desde 2001 y establece que un libro nuevo tenga el mismo precio en cualquier librería del país. ¿Por qué? Porque el libro no es una zapatilla ni un televisor. Es un bien cultural. Esa norma evita que las grandes cadenas o plataformas puedan vender durante meses con descuentos imposibles de igualar para una librería independiente, hasta hacerla desaparecer.
¿Qué puede pasar si esa protección desaparece?
Muchos imaginan que simplemente los libros serán más baratos. Pero el sector editorial advierte que la experiencia internacional muestra otro escenario: primero aparecen grandes descuentos, luego cierran las librerías pequeñas porque no pueden competir y, cuando queda poca competencia, unos pocos actores terminan dominando el mercado. Y cuando desaparecen las librerías de barrio, no solo perdemos un comercio. Perdemos ese lugar donde alguien recomienda un autor desconocido, organiza una presentación, recibe a escritores locales o acerca libros que jamás ocuparían la vidriera de una gran cadena. También se debilitan las editoriales independientes.
¿Quién publica a un escritor que recién empieza? ¿Quién apuesta por la poesía, los cuentos, la literatura infantil, los autores de Misiones o las historias que hablan de nuestra identidad?
Generalmente no son las grandes multinacionales. Son pequeñas editoriales que trabajan con muchísimo esfuerzo y que asumen riesgos culturales además de económicos.
Si ellas desaparecen, publicar un primer libro será mucho más difícil.
Y acá quiero detenerme especialmente para hablar con quienes hoy tienen 13, 15 o 17 años.
Tal vez alguno escribe cuentos en un cuaderno, publica poemas en Instagram, inventa historias en Wattpad o sueña con ver algún día su nombre en la tapa de un libro.
Publicar nunca fue sencillo.
Hay que leer mucho. Hay que aprender a escribir cada vez mejor. Hay que aceptar correcciones. Hay que trabajar el texto una y otra vez.
No alcanza con tener ganas.
Pero si además desaparecen las editoriales que descubren autores nuevos, las oportunidades serán todavía menores.
No porque alguien prohíba escribir.
Sino porque el mercado tenderá a apostar únicamente por aquello que garantice vender miles de ejemplares.
Las voces nuevas, regionales o diferentes tendrán cada vez menos espacio.
También pueden verse afectados los programas públicos de lectura y las compras destinadas a escuelas y bibliotecas, que históricamente permitieron que miles de chicos conocieran autores argentinos y accedieran gratuitamente a libros de calidad.
Hay soluciones mejores
Si realmente queremos libros más baratos, existen alternativas que merecen debatirse.
-Reducir impuestos sobre la producción editorial.
-Facilitar la impresión nacional.
-Promover la compra de libros para escuelas y bibliotecas.
-Fortalecer las ferias del libro de todo el país.
-Incentivar a las editoriales independientes.
-Apoyar a las librerías de barrio.
-Crear programas para escritores jóvenes.
-Modernizar el sector sin destruir aquello que durante años permitió que miles de autores encontraran lectores.
No todo cambio debe significar empezar de cero. A veces mejorar también implica conservar aquello que funciona.
Como escritora, promotora de lectura y ex candidata a la presidencia de SADE Misiones, siento la responsabilidad de levantar la voz.
No porque crea que todos debamos pensar igual.
Sino porque considero que una democracia necesita escritores que puedan escribir, editoriales que puedan publicar, librerías que puedan abrir sus puertas y lectores que puedan elegir entre muchas voces, no solamente entre las más rentables.
Defender el libro no significa defender un negocio.
Significa defender el derecho a imaginar, a aprender, a pensar distinto y a construir nuestra propia identidad.
Los libros son una de las pocas tecnologías que nunca pasan de moda.
Cambian los formatos. Cambian las pantallas. Cambian los dispositivos.
Pero mientras exista alguien dispuesto a escribir y otro dispuesto a leer, seguirá existiendo la posibilidad de cambiar una vida.
Porque un país que deja de invertir en sus libros no pierde solamente páginas impresas.
Empieza, lentamente, a perder parte de su memoria, de su creatividad y de su futuro.